Relatos que inspiran

Compartimos con Uds. lo relatos que han llegado en el marco de la convocatoria “Historias de Parto”.

Los ganadores son:

1. Carla Urruti Gull

2. María Inés Fornos

3. Agustina Lengwagen

* Mención especial: Renzo Viñoly

Les queremos agradecer de todo corazón a quienes participaron de esta convocatoria. Recibimos hermosos relatos escritos desde el amor y la senceridad absoluta, logrando un gran abanico de miradas sobre un tema tan cercano del cual poco se habla.

Que disfruten de la lectura..

* Los textos han sido publicados sin edición ni corrección respetando el contenido original de los mismos.

PARA BLOG-1

1. Historia de parto por Carla Urruti Gull

¡Arriba esas rodillas! ¡Y un dos tres, más arriba! La voz de la profe de aeróbica esta vez era

insoportable. La estaba odiando, la zona baja de la panza me dolía, me molestaba como

nunca. ¿Qué me pasa?

Salí del club, volé a facultad y más tarde volé al trabajo. Tenía que hacer algunas notas en un

museo, ese día venía movidito. Otro mediodía más sin tiempo para almorzar como dios manda.

Vas a tener que ir al médico me dijo Guz, mi novio desde hacía dos años y medio… Qué embole pensé, pero fui igual. Las clases de aeróbica me estaban causando mucho dolor, un dolor raro y duro en la pelvis.

¿Ve lo que es eso señora? Me dijo el doctor mostrándome la ecografía de mi abdomen.

Cuando me dijo “señora” entendí todo. Yo tenía 21 años, la única chance de que alguien me

llamara “señora” estaba directamente relacionada a la cabezota redonda que figuraba frente a

mis ojos, en el monitor.

Usted está embarazada, y por lo que veo… calculo que de unas 28 semanas, agregó el specialista. Y PUM me desmayé ahí mismo.

¡¿Cómo?! Si tomaba mis pastillas anticonceptivas rigurosamente. ¡¿Cómo?! Si todos los meses tenía la santa menstruación. ¡¿Cómo?! Si estaba en mi último año de facultad, trabajando a mil, soñando con postgrados en Madrid. ¡¿Cómo?! No podía estar pasándome a mí.Guz tenía un parcial de Medicina al día siguiente, y el sábado -tres días después- nos íbamos juntos a Rivera a visitar a sus papás. Decidí entonces guardar el secreto y esperar a nuestro regreso, y a mi primer control formal, para contarle todo a todos.

Eran las 8:00 de la mañana del sábado 22 de agosto. Íbamos en Turil rumbo a Rivera.

Guz dormía inocente y yo… yo abrí las piernas y vi cómo salía cual fuente todo mi líquido amniótico. Se me había roto la famosa bolsa. Cuatro días después de enterarme de que estaba embarazada mi bebé iba a nacer. Y su papá no sabía nada.

Saqué mi ipod y prendí el cronómetro, tengo seis hermanos -cinco de ellos menores que yo-

por lo cual tenía algo de experiencia en materia pre parto.

Las contracciones eran cada diez minutos, al rato cada cinco, Guz roncaba a mi lado. Amor…

amor… el martes cuando fui al médico no te conté todo. Estoy embarazada y va a nacer ahora.

Guz abrió los ojos como platos. ¿Me estás jodiendo? fue lo único que dijo. Me miró, miró mis

piernas cubiertas por un jean ensopado, me tocó la panza y salió disparado rumbo al chofer.

¡Necesitamos una ambulancia! ¡Mi novia rompió bolsa! Le gritaba Guz al chofer.

Qué hombre pensaba yo, no podía creer que tuviera los pies tan pegados a la tierra, mientras yo vivía todo como en una nube. Como el efecto con colores borrosos y saturados que le ponen a los sueños del personaje principal de una novela mexicana.

Pero noooo si recién rompió bolsa, entonces llega bien hasta Rivera respondió tranquilo el chofer.

¡Llamá ya una ambulancia ya! Le repitió Guz casi gritando.

Nos bajaron en un pueblito llamado Curtinas, en Tacuarembó. Una lata con cuatro ruedas y una cruz pintada de rojo nos levantó y nos llevó hasta el Hospital de Tacuarembó. Las contracciones eran dolorosas, cada pozo que agarraba la ambulancia era un castigo terrible. Guz me apretó la mano todo el viaje, con cara de zombie.

De repente sentí las patadas de un alien dentro de mí. ¿Ahora venís a manifestarte? Pensé enojada. Tracc traccc las pataditas de este ser me reventaban las costillas del lado izquierdo.

Qué sensación maravillosa. Entramos al hospital, el ginecólogo me pedía el carné de embarazo, la partera preguntaba de cuántas semanas estaba yo, a un lado y otro de la camilla todos iban a muchos kilómetros por hora.

No sé. No sé. No sé nada. Me enteré el martes de mi embarazo. No sé. Y no sabía nada. Y era verdad. Y nadie me creía.

Desde que rompí bolsa hasta que nació Emilia pasaron 16 horas. Las 16 horas más largas, dolorosas y épicas de mi vida.

Dos inyecciones de corticoides para sus pulmones, una bolsa de ropita usada, pañalitos diminutos, un gorrito que aún conservo y un montón de amor indescriptible, salido de vaya una a saber dónde, formaron parte de 16 horas que marcaron mi vida para siempre.

Todo girando alrededor de un cuerpito rosado de dos kilos, con la carita llena de manchas, sin rastro de pelo alguno y milagrosamente sano y rebosante.

Hoy Emilia tiene 4 años, en el colegio empezaron con el tema de pedir fotos de la mamá embarazada… tal vez ahora, que por primera vez escribo esta historia, imprima una copia y la envíe pegada en el cuaderno viajero. Es eso o una panza de Photoshop.

Podés estar extremadamente preparada o podés no estarlo para nada. Pero todo va a salir bien. Traés al mundo a un ser humano que va a amar, a reír, a llorar, a correr, a gritar. Todo va a estar bien.

Gracias.

2. Relato por María Inés Fornos

Quise parir. Juro que quise hacerlo. Durante el embarazo no había idealizado ese momento, pero anhelaba profundamente transitar esa experiencia para poder apropiármela. Ya no quería el relato de amigas que me decían “fue lo más maravilloso del mundo” o “nunca más paso por semejante sufrimiento”. Quería mi parto, el nuestro, porque también era el parto de mi esposo y mi hija. A las 16.17 de un domingo de invierno, nació. Fue una cesárea de urgencia. Recuerdo que me dijeron “felicitaciones, madre” y se la llevaron. Tanto fue el apuro por nacer que ni ropita tenía. Mi esposo tuvo que salir corriendo a casa a buscar el famoso bolso, ese que nunca llevamos al sanatorio porque lo que sucedió, jamás fue el escenario que imaginamos.

A las dos horas de haber nacido puede abrazarla y hablarle al oído por primera vez. Parecía tarada. En parte era la emoción, la otra parte era la anestesia. Ese día en que nos transformamos en padres no le avisamos a nadie, ni siquiera a nuestras familias. Necesitábamos asimilar su abrupta llegada. Y ella necesitaba reconocernos como sus recién estrenados papás. Recuerdo que lloré toda la noche. Lloré porque sentía una inmensa alegría y también porque me sentía profundamente frustrada. No había podido parir. Y alguien podría decir -y de hecho me lo dijeron- “pero lo importante es que tu hija está bien”. Sí, asentía yo. Pero nadie me sacaba esa sensación, profunda y dolorosa, esa línea cosida en mi panza.

Me llevó algunas semanas asumir que el nacimiento de primera hija no había sido como había deseado. Sin querer, ya había recibido mi primera lección como mamá: la maternidad es eso que nos imaginamos y más. Es maravilla e incertidumbre. Es cansancio y gratitud. Es desborde, es caos. Es una experiencia que remueve y transforma. Y la mayoría de las veces, es todo eso junto en un cóctel vital que sólo viviéndolo!

Ahora, con algunos meses más de experiencia en esto, me convencí que no soy menos mamá por no haber tenido un parto. Soy una mamá que trata que su hija sea lo más feliz que pueda ser. Y eso es lo que me hace flor de madre. Y hablo de levantarme de madrugada y luego ir al trabajo con la cara desfigurada por las ojeras. Hablo de errarle, pedir consejos, silenciar comentarios, errarle otra vez. Hablo de darle teta delante de un pueblo. De ordeñarme en una oficina, en casa de amigos en plena reunión, en un auto. De las horas que he pasado cuidándole el sueño cuando tiene mocos. De las veces que llego del trabajo y me siento en el piso a jugar cuando en realidad sólo quisiera un baño caliente. Hablo de ladrarle a mi esposo porque no soy yo la que habla sino mi cansancio. Hablo de hacer todo eso con plenitud, reconociéndome bendecida, porque este viaje además del cuerpo, me transformó el alma.

3. “Estuvo buenazo!” por Agustina Langwagen

10 de enero de 2013. Esperábamos a Juani para el 13 pero a esa altura ya me había hecho a la idea de que se iba a atrasar. Tanto pedirle que se aguantara adentro y ahora lo quería afuera, y YA.Con Turi ya estábamos prontos para ser papás. Bah, si hay cómo estar pronto. En realidad ansiosos. Desesperados.

Mientras duró la vorágine de diciembre – fin de año, fiestas, preparar todo para salir de licencia maternal- le pedí a Juani que no saliera, y me hizo caso. Pero a medida que pasaban los días de enero, yo maldecía mis ruegos anteriores. Nos había dado tiempo para armar el bolso –incluso armarlo y desarmarlo-, el cuarto, a tirar papeles viejos –sí, recién ahí tiré mis diarios y cartitas!-, a llenar el freezer con comida –no fue muy difícil, es mínimo!-, a limpiar, ordenar, y hasta descansar de todo eso.

Pero ahí estábamos, en pleno calor de enero en Montevideo ya sin tareas pendientes, salvo la de recibir a Juanono.

Me acuerdo que esa mañana de jueves, Turi se levantó cual niño en Día de Reyes. Repasó, limpió y ordenó todo de nuevo. Yo no lo soportaba; claro, con mis 17 kilos de más su energía me resultaba además de envidiable, bastante irritante. No paró. Fue al super y volvió con mil bolsas -¿para qué? Todos lo gastos que vamos a tener con el bebé?!- entre todo lo que compró, una sillita plegable para niños… de tres años más o menos. Aghhh!!!

El día se me hizo eterno, me dolía todo, los zapatos de goma eva -único calzado que podía usar- me dejaban marcas en los pies como un molde de plasticina. Mensajes de “¿para cuándo?” Llamadas que si demoraba en contestar confirmaban un trabajo de parto -¿no se dan cuenta de que me cuesta MÁS todavía llegar rápido a atender?!!!- En fin, ya estaba saturada de la inminencia-no-inminente.

Así que ni dudé en responderle a Turi cuando me dijo a la hora de la cena de ir a lo de mis padres, ¿por qué no te vas vos…solo?

Allá se fue, y yo feliz de la vida me puse a mirar Glee. Copada. Ventanas abiertas y ventilador al mango. Gran capítulo. Al punto que en determinado momento, me encontré bailoteando frente a la tele. Bailando no, moviendo caderas de un lado a otro. Totalmente compenetrada con la música, me costó darme cuenta de que cuando me quedaba quieta sentía como un dolorcito en la espalda (obvio que después cuando reconstruí los hechos me di cuenta de que seguramente fue esta molestia la motivadora de mi baile, porque de hecho lo calmaba…)

En la tele, letritas de fin mientras me llega mensaje de Turi: “¿todo bien?”. “Sí, sí, ¿demorás?” Nunca le llegó mi mensaje.

Repasé la lista de tareas que tenía en la heladera y agarré el papelito con el mapita hasta el sanatorio (“Pendientes antes de salir al sanatorio”). Cerré la basura y metí los lentes en el bolso.

Llegó Turi y le conté que sentía “algo raro”. Agarró una libretita y empezó a anotar cada vez que le indicaba sentir “eso”. “Ya está, ya está… vamos”.

Había escuchado tantos cuentos de que a las primerizas las mandan para atrás que le dije de esperar. Él estaba convencido. “Por las dudas, googleá ‘contracciones’” le pedí. “¡Nueve meses tuviste para googlear, Agustina!”

A esa altura era como la una de la mañana. Los dolores cada vez eran más fuertes. El lugar único lugar de la casa en el que circulaba un poco de aire era el balcón; la calle estaba desértica. “Si nos mandan para casa de nuevo, por lo menos nos quedaremos en la vereda esperando”, pero de sólo pensar en que el dolor siguiera aumentando y tener que hacer los dos pisos por escalera con más dolor aún, la mejor opción era bajar ya.

El autito de mi abuela estaba estacionado en la puerta. “Yo se los presto todo el mes, por las dudas” nos había dicho. Una genia. Me acuerdo perfecto del camino. Montevideo vacío y de fondo las típicas canciones de la radio a esa hora.

Con Turi pasábamos de la verborragia al mutis total, de las risas nerviosas a pesimistas “nos van a mandar pa´trás” (míos, confieso).

Llegamos a emergencias. Pensé que nuestra llegada alborotaría a todos en el sanatorio, como en las películas que cuando llega alguien todo se registra en cámara rápida. Bueno, no fue así… nadie se inmutó demasiado. La emergencia es la misma emergencia de los accidentados o de los que tuvieron un paro cardíaco… Y ahí están sus familias y amigos, acompañando, ojerosos, llorosos… Nunca me había puesto a pensar en eso, y la verdad es que la imagen de la-vida-y-la-muerte conviviendo es bastante fuerte cuando lo que te separa es una pared de yeso.

Llamaron a mi médico y llegó enseguida. Las contracciones era súper regulares y tenía apenas dos centímetros de dilatación. “¿Me vas a mandar a casa?” le pregunté al doctor, ya entregada. “No, no, te quedás acá”.

Y allá fuimos con Turi al piso de arriba. Cuartito pelado con dos camas. La enfermera me dio una especia de ponchito de tela. Por si faltaba algo para hacerme sentir vulnerable, ahí estaba yo apenas con esa telita.

Fueron horas. Unas diez más o menos. Estuve parada. Sentada. Monitoreada. Despierta.

Dormida. Despiertadormida. Turi abanicando, apretándome la mano, durmiéndose, tomando un café (¡¡¡¿?!!!).

Fue vital mantener la calma. El dolor seguía haciéndose más fuerte. Ni qué hablar cuando me pusieron oxitocina. Tenía ganas de gritar, patalear y llorar. Todo junto. Pero me obligaba a estar tranquila. Sentía que era muy delgado el límite a perder el control.

Hasta que en un momento vinieron las ganas de pujar. Parecidas a las ganas de ir al baño.

Llamamos a la partera, quien me guió y acompañó desde que llegué, pero especialmente en ese

omento fue clave. Todos los tips de las clases de parto desaparecieron, y entre ella y Turi me alentaban.

“Se ve la cabecita”. Ahí sí empezó a parecerse a las películas. Enfermeras. “Padre, a cambiarse”. Me subieron a una camilla y me arrastraron rápido por el pasillo hasta la sala de partos.

Me acuerdo que recé mientras me llevaban. Y me acuerdo que al día siguiente, cuando le conté a Turi, él también había rezado en ese momento.

De la sala de partos tengo recuerdos vagos. Estaba medio oscuro y fue todo rápido… ¿o fueron horas? La percepción del tiempo es vaguísima.

Creo que apenas llegué, con dos pujos y bastantes gritos más, salió Juani.

Me lo tiraron en el pecho como quien tira una bolsa arriba del carrito del supermercado.

Llantos, risas, “Denle besitos, denle besitos” – pedía el doctor.

Emoción infinita. Me acuerdo de nosotros tres cerquita cerquita. Entre tentada de felicidad y medio llorosa miro a Turi y le digo“¡es un bebé!”, haciendo carcajear a las enfermeras.

Obviamente que no esperaba parir un corderito, pero la constatación de la Vida te sacude y las palabras quedan cortas para expresar lo que se siente.

Me entrevero un poco en el orden de las cosas. Sé que ya ahí Juani tomó teta feliz. Que lo revisaron. Que el doctor nos sacó nuestra primera foto familiar. Que lloró y lloró –Juani, el doctor no.-

Para rematar mientras me hacían la episiotomía –que parecía un bordado, de tanto que demoraba, ¿acaso no había sido suficiente el sufrimiento?– le dije al doctor: “Muchísimas gracias, ¡estuvo buenazo!”

Se volvió a reír y me dijo que de todos sus años de carrera y todos los partos atendidos, nunca le habían dicho eso. “Feliz…” o “mágico”… términos más místicos, si se quiere, pero “buenazo” nunca.

Pero sí, para mí así estuvo. Buenazo. Y era un anticipo de la vida de madre. Buenaza. Con dolor, sufrimiento y angustias. También. Pero gana la alegría infinita. Y las sorpresas.

Porque te lo pueden contar mil veces pero siempre es distinto. Porque nada es como te lo habías imaginado. Es mucho mejor.

Agustina Langwagen

4. Relato por Renzo Viñoly

Les voy a contar cronológicamente como fue ese inolvidable lunes:

– 8.15 suena el despertador, semi dormidos, casi un acto reflejo, prendo la tele para ver los informativos y de paso chequear que temperatura nos espera afuera. Todos los canales tienen temperaturas distintas ¿?

– 8.40 me levanto, me baño, mientras me seco grito: “Luuuu, a levantarse que llegamos tarde, vamo arriba mamá osa, a mover esa zapan!!”

– 8.55 termino de vestirme, y la mamá osa va caminando a paso de pato….

– 9.10 llegamos al trabajo, tarde como siempre… si, trabajamos juntos.

– El día transcurre normal, tenemos varias reuniones de coordinación ya que Lu comienza la licencia maternal al otro día (24/08)

– 16.00 ella se dedica a ordenar su escritorio, borrar mails y organizar una cena el 24 de noche con amigos y un asado en Florida el feriado del 25. Ya había terminado con todo…

– 17.15 siento su silla, pasos de Lu que va al baño, y me grita con su dulce voz desde el baño: “mi amor….”, oh oh, pienso, nunca me dice mi amor en el trabajo, voy al baño y me dice: “rompí bolsa” (1er momento cúlmine del día), peeeee le digo “me estás jodiendo!” jaja, mi cara era un poema… jefes!!! nos vamos, Lu rompió bolsa! opaaaaaa bueno bueno, que tengan un parto feliz y nos vemos pronto…

– 17.30 pasamos por casa a levantar los bolsos que teníamos pronto.

– 18.15 aproximadamente ya estábamos en el sanatorio, la ingresaron a sala de preparto y apareció el ginecólogo de puerta, la examinó y le dijo: “tenés el cuello borrado, con 3 de dilatación, viene todo muy favorable, sentís contracciones?, la respuesta fue no. Bueno, vamos a llamar a tu ginecólogo, lo mas seguro es que te induzca para tener contracciones.

– 19 hs nos pasan a la habitación donde va a ser el parto, viene el Dr nuevamente y ponen una via con suero para inducir las contracciones, y dice “vuelvo en un ratito”, a los 10 mins viene y pregunta “y, como venis?”, no siento nada le dice la mamá, Ok fue la respuesta del médico, vamos a aumentar la dosis. Chan

-19.20 agarrate catalina, contracciones, opa ahi viene, masajes, historias, chistes, todo para intentar distraerla. Las soporta perfecto

– alrededor de las 20.15hs vuelve el doc, la examina y, oh sorpresa “pa, estás en 7/8 de dilatación! voy llamando a tu Dr para que vaya viniendo….”

– 20.40 Lu que me dice “tengo ganas de pujar” paaa (2do momento cúlmine) a llamar al doc!!, viene y le dice muy bien muy bien, ya casi estás aguanta un ratito mas para llegar a 10, ya casi vamo arriba. Comienzan a preparar la sala, aparece el Doc, “que haces Lu, justo a la hora de la cena se te ocurre parir!, me cambio y vengo, llamen al neonatólogo…” La naturalidad con la que se manejan es muy fuerte, eso te da una confianza extra, obviamente la tranquilidad de la madre ayuda a que todo transcurra normalmente.

– 21 hs comienza el parto, ja que momento, mi ansiedad ya se iba disipando, el parto fue normal, el Dr la iba guiando a Lu mediante un espejo. “Mirá mirá, ahi esta la cabezita, hace un pujo, viste ahi ni lo moviste, ese pujo no sirve, hace la misma fuerza que como cuando vas al baño, viste, ahi se mueve, vamo arriba, cuando venga la próxima contracción quiero esa fuerza” y así fue, 7-8 pujos y el bebe salió, se lo apoyan en el pecho, comentario del neonatólogo, ” ta ta, no llores, si no es tan feo…”

* Dar Luz por Patricia Bruno

28 de abril, hace ya seis años.

Esperamos tanto, soñamos más aún y llegaron ambos. Pero esta historia comenzo mucho antes.

Sono el teléfono, la espera ya había dado frutos, sólo faltaba conocernos.

Fue una tarde luego de un largo viaje. Respiraba hondo, sudaba, el cuerpo denotaba el stress del momento . El alma estaba en paz presagiando que iba a funcionar.

Entramos a la sala. No sé si era lo que había planeado, no sé siquiera si lo imaginaba de esta manera pero alli estaba, de aquí en más, “Mamá” con todas las letras.

Dimos a luz los sentimientos, los miedos e inseguriades en nuestro parto. Horas eternas antes de mirarnos por primera vez.

Se produjo un instante de silencio. Nos sabíamos desconocidos que iniciaban un compromiso de amarse, nos medíamos, nos respetábamos, nos investigábamos.

Mis hijos llegaron caminado de la mano de su cuidadora del INAU: Enzo tenía 6 años de edad y Dahiana 3. Ellos tuvieron 2 partos, afortunadamente yo participe en uno de ellos.

Patricia, Mamá de Enzo y Dahiana

* Relato de mi parto: así recuerdo su llegada. by Mariel Bonnefon

Todo comenzó un miércoles, en la semana 39+4. Pasé el día tranqui en casa, como las últimas semanas. El día anterior habíamos conversado con la partera que nos iba a acompañar, nos recomendó empezar a tomar homeopatía para que nada se trabara.

Por la tarde tuve algunas contracciones, sin dolor, mientras jugaba en la compu. Me recosté y se me pasaron. Ya había tenido varias en los últimos meses. Dormí un rato.

De noche, nos pusimos a preparar la cena. A las 10 y algo, mientras lavaba espinacas, sentí “algo” que bajaba… estaba perdiendo el tapón. No tuve que decir nada; mi cara era un libro abierto. Qué nervios!! Nos abrazamos, con lágrimas en los ojos, y salimos corriendo al baño.

Primer susto: un hilito de sangre corría por mis piernas. No hay teoría que valga; por más que sepas que es común, te reasustás. Y ahí mandás a la mierda cualquier resolución de no decir nada para pasar el trabajo de parto en paz; llamé a mi mamá. Que además de ser mi mamá, da la casualidad que es médica. Me dijo lo que ya sabíamos, pero que igual se venía a vicharme. Sacamos una foto de mi panza. Ahora la veo y me parece impresionante…

Las espinacas, obviamente, quedaron olvidadas en el colador. Me recosté y empezaron las contracciones. Mamá llegó y me revisó mientras el nervioso futuro papi agarraba el cronómetro. Cuarenta segundos de duración, apenas de dolor, más bien una molestia. Bien. Esperemos la próxima… eh! ya está acá! Cómo que cuatro minutos nada más? No era que al principio eran espaciadas? Bueno, capaz que son irregulares… No, ahí viene otra. Cuatro minutos. Cuarenta segundos de duración.

Más fotos. Y otra contracción. Siempre cuatro minutos, siempre cuarenta segundos.

Por las dudas, le mandamos un mensaje a Claudia, la partera. Yo sabía que esto recién empezaba, pero la frecuencia y regularidad nos tenía desconcertados. Mirá por dónde, Thiago nos iba a salir obsesivo! Claudia nos tranquilizó y decidimos acostarnos.

Imposible dormir. Por más que intentes, si cada cuatro minutos se te pone todo duro, no hay caso. Nos quedamos charlando, mimoseando, descansando… Seguíamos controlando cada tanto, seguían los cuatro minutos de intervalo. Entre las 3 y media y las 5 aproximadamente, Thiago se tomó un descanso y pude dormir. A las 5 recomenzaron, más molestas en intensidad pero ¡seguían los 4 minutos! Ya no me sentía bien acostada así que nos fuimos al sofá del living. Mario se envolvió en una manta y dormitaba, yo me recosté y apoyé las piernas en la pelota de pilates.

Cuando amaneció, desayunamos liviano y quise moverme un poco. Elegimos una buena banda sonora para la mañana -Buena Vista Social Club, Tracy Chapman, Tribalistas- y bailamos, cantamos, me sentaba en la pelota y le pedía masajes a Mario… A eso de las 11 ya algunas contracciones me hacían gritar. Los 4 minutos, inconmovibles.

Vinieron mi mamá y mi abuela, tomamos unos mates, charlamos, luego se fueron… es muy difícil trasmitir el estado de ánimo que me embargaba. Una especie de “felicidad tranquila”. Un río que fluía calmadamente. Si bien me llamaba la atención el “cronometraje”, mi sensación interna era que todo estaba bien, que estábamos avanzando.

Mario se iba poniendo más nervioso, almorzamos y finalmente a eso de las 2 de la tarde accedí a llamar a Claudia para que nos acompañara en lo que quedara de trayecto. Ya el dolor era fuerte y me costaba entregarme. Y los malditos 4 minutos, que me hacían sentir que no avanzaba tan rápido como quería. Volvimos al dormitorio.

Claudia llegó a eso de las 4 y midió mi dilatación: 3 centímetros. Se me cayó todo. Sólo 3 centímetros??? Cuánto más va a dolerme entonces? Cuántas horas? Según la tablita que aprendimos en las clases, recién había comenzado realmente el “trabajo de parto”!

Sin embargo, la presencia de Claudia me ayudó a olvidarme del cronómetro. Me concentré en encontrar una posición para tolerar mejor cada contracción, pero iba cambiando; parada, sentada, recostada en el pecho de Mario, en cuclillas, en la ducha… Perdí la noción del tiempo. Me estaba enojando un poco, lo reconozco. Ese dolor me poseía sin posibilidad de esquivarlo, sólo yo podía sentirlo y lo que hicieran los demás podía hacerme sentir acompañada, pero no aliviarlo. Ahora, me doy cuenta que los signos de que el trabajo avanzaba estaban ahí, pero en ese momento no podía verlos. El dolor ocupaba toda mi percepción, y por momentos me cerraba en un vano intento por sentirlo menos. Me acuerdo vagamente, que en algún momento alguien comentó que eran las 6 de la tarde. Cómo que recién pasaron 2 horas???

Ahí empecé a sentir miedo. A no poder. A no tolerar lo que faltara. Mi cabeza, siempre intentando controlar lo incontrolable, pensaba en un desarrollo lineal: a más tiempo, más dolor. No me daba cuenta que la intensidad se había estacionado en muy fuerte, y que las contracciones eran más seguidas ya. Sólo podía pensar en que faltaba mucho para las 12 horas de “la tablita”.

El rato siguiente lo recuerdo como en una nebulosa. Sé que en algún momento me dieron más globulitos de homeopatía para que tomara, sé que decía “No puedo más” mientras seguía pudiendo…

En determinado momento me dieron ganas de hacer pis. Serían 7.30 más o menos. En el trayecto del dormitorio al baño tuve 2 o 3 contracciones, apenas podía caminar. Finalmente en el water, cuando ya iba a levantarme… el primer pujo!

Qué sensación indescriptible. Placer puro, la fuerza más arrolladora que haya sentido nunca, un grito que nacía de mi centro mismo. También, una gran sorpresa y algo de susto… Thiago ya quería salir y todavía había que llegar al sanatorio!

Claudia me aconsejó meterme en la ducha, era un placer sentir el agua tibia corriendo. Los pujos seguían y me tiraban hacia abajo, en cuclillas. Me senté en la pelota y descansé un poco. Mientras me secaba, un nuevo pujo rompió la bolsa. Con la determinación que luego lo caracterizaría, Thiago venía y venía.

No sé cómo, había llegado mi mamá (quien sería nuestro chofer). Nos aprontamos para salir. Dos pisos por escalera. Cada 4 o 5 escalones, un nuevo pujo. Era noche cerrada y recuerdo ver las cabecitas de los vecinos asomándose tras las cortinas al oír mis gritos…

Antes de subir al auto, Claudia me recordó la respiración para retener los pujos. Menos mal, porque si no, creo que no llegábamos. Me recosté contra Mario y comencé a jadear mientras ella me sostenía con la mano y su mirada, calma y firme.

En 5 minutos llegamos al sanatorio. Eran las 8 de la noche del jueves.

A las 8 y media, Thiago había nacido. Recuerdo como un flash, una bolita gris que gritaba cuando lo apoyaron sobre mí. Una hora después me lo trajeron a la teta. Se prendió con alma y vida.

Pasamos la noche despiertos, mirándolo. Creo que aún hoy, hay momentos en que no podemos creer tanta belleza.

* Historia de Parto por Sol Angulo

Quería tener un bebé. Me había aflorado esa cuestión de necesidad biológica de ser madre, de seguro ayudó estar rodeada de tantas amigas en espera.

En algún momento sentís la necesidad de expandir ese amor que paso tantas etapas y procesos, a un hijo. Es una mezcla, por un lado compartir algo tan visceral con quien elegiste y unirte hasta el infinito, por otro, cual felina, tener el cachorrito en brazos, olerlo, sentirlo, criarlo.

El verano había venido de charlas de pareja sobre el tema, de sí o si no, de nombres y sueños, de peros y miedos. El tema quedó flotando, y a decir verdad yo parecía más dispuesta que él.

Pero un día llegué del trabajo y me encontré con una flor y una carta que decía : Tengamos un hijo juntos, ¿querés?. Te amo. Ese día cambió mi vida para siempre.

Siguieron dos meses de sexo con toque extra, porque a mí el deseo de quedar embarazada me quedaba perfecto. Hasta que tuve el famoso retraso y el seguidísimo test. Pis, espera, POSITIVO. Creí que en un metro sesenta no podía caber más felicidad.

Salvo los veinticinco kilos que engordé por dejar de fumar, tuvimos un embarazo súper sano. Mientras me dediqué a comer, pensaba: “todo no se puede”, probando un sabor de helado nuevo cada mes.

Hicimos clases de parto entusiastas y queriendo saber hasta el más mínimo detalle de todo. Pedíamos bebotes para el cambio de pañal, nos preocupaba el tema. Leí un montón de libros de embarazo y chocolate en mano, trataba de acordarme de todo.

Teníamos claro como queríamos que fuera ESE día: Epidural sí, ginecólogo no, cuarto privado no. Aunque a medida que iban pasando los días dudábamos de si ginecólogo sí o no, y en el medio, se nos iba de licencia.

Llegó mi fecha probable de parto y no pasó nada, a los 2 días siguientes estaba internada, siendo inducida y escuchando a otras madres gritar o simplemente soportar dolores tremendos.

A pesar del dolor, respiraba bastante bien, respirábamos los 3 juntos. Rompí bolsa y estuve 4 horas sin dilatar siquiera a uno: nervios, sobregire o la enfermera que me dijo que me había hecho pis en vez de romper bolsa.

Marché a cesárea, cansada y desesperada por conocer a mi bebé.

Bruno, que en ese momento no usaba celular, apagó el mío y nos tuvo incomunicados durante las siguientes cuatro horas del mundo exterior, solos él, yo y nuestro bebé que ya nacía.

En segundos ví gente desconocida y tenía medio cuerpo dormido pero estaba muy emocionada. Justo cuando pude mirar a Bruno a los ojos, sentí el llanto y todos festejaron que nuestro bebé había nacido y estaba perfecto.

Lo envolvieron en una sabanita, nos miramos a los ojos por primera vez, se paró el tiempo y lo besé. Se lo dieron en brazos a Bruno que temblaba, se reía y lloraba conmigo si dejar de mirarlo.

Y ahí, desde ese momento único en que llegó Valentino, dejamos de ser dos, hace dos años y tres meses.

* Historia de parto por Victoria Ledanis

Mi embarazo fue una gran sorpresa, tenía 21 años, vivía con mis padres, estudiaba. Nada esperado. Un embarazo de riesgo, hipertensión, diabetes gestacional. Todo súper controlado, obstetra, endocrinólogo, nutricionista. Todo fue viento en popa, ya en la ecografía trasnucal nos dijeron que posiblemente era una nena, papá feliz! Se venía Juana a la familia. Los meses pasaron, un embarazo feliz. Siempre, a las 23 hs, era el momento en que más se movía, obviamente la hora en que llega papá del trabajo, y hasta no escuchar a papá, ella seguía su fiesta adentro de mami.

En la ecografía estructural nos dijeron que era bastante chiquita para el tiempo del embarazo, nos mandaron muchas más ecografías para medirla mejor. Todo aparentaba que no venía bien como creíamos, Juanita no crecía. Llegó Junio, último mes de embarazo, según las medidas no superaba los 2 kg. Mamá entró en pánico, papá también. Más ecografías, más estudios. El ginecólogo ya hablaba de hacer inducción. El Lunes 27 de Junio tenía mi último control, ahí se decidía que hacer, si quedaba internada o esperábamos a que Juanita decidiera salir.

Ese día me acompañó mi cuñada a la consulta, me vió la endocrinóloga y vió que mi glicemia estaba fuera de control. El ginecólogo decidió internarme ahí mismo, iba a empezar la inducción.

El martes empecé la inducción, 1 cm de dilatación. Contracciones leves, nada molesto, lo único molesto era el ayuno. Y llegó el miércoles, y se empezaron a sentir las contracciones, bastante molesto el tema, pero seguía sin dilatar, solo 2 cm, Juana no se iba a mover de su hornito. El Jueves 30 de Junio, luego de estar desde el lunes internada, sin éxito, después de ver varias mamás entrar a sala de parto y salir con su bebé en brazos, llegó mi ginecóloga, si al mediodía no avanzaba, pasábamos a cesárea. Mis palabras al papá fueron: “no importa lo que me pase a mi, vos vas con Juanita a donde la lleven”.

A las 14 hs llegaron a prepararme para la cesárea, me iban a dar la anestesia local… No dió resultado, dolía… A gritos pedí la general, y me dormí…

Juana nació a las 14.52 del 30 de Junio de 2011 (fecha que me habían dado para el parto)…. Mamá se desperto a las 18.30, con un dolor inmenso, la enfermera vino a preguntarme como estaba, lo único que le pude decir fue: “cómo está mi bebé? cuánto pesó???”

Todo lo que habían medido en las ecografías estaba mal… Juanita pesó 3,470 kg y midió 47 cm. Una beba grandota, rosadita, y perfecta. 10 dedos en las manos, 10 dedos en los pies, 2 ojos hermosos, una naricita perfecta, completamente peladita, puro cachete, toda mía!! La pude conocer una hora después de despertarme de la anestesia, venía envuelta en su mantita, en brazos del papá baboso. Fue amor a primera vista, el dolor de la cesárea, el cansancio de los 3 días internada conectada a una maquina, todo quedó atrás, todo valió la pena, Juana había llegado al mundo para alegrarnos, para llenarme de amor cada día. Para hacerme la mujer más feliz del mundo.

Nada se compara con ser madre, es un amor inmenso, algo puro! Es increíble como alguien tan chiquitito, alguien tan indefenso, puede generarnos tanto. Y ahora me pregunto, como hacía yo para vivir sin ella?

Muchos dicen que ser mamá joven te cambia la vida, tienen razón, pero me la cambió para bien. Tal vez, Juana y yo, nos conocimos muy pronto, pero la disfrutaré y amaré por más tiempo. Mi vida no terminó cuando nació mi hija como muchos piensan, mi vida recién empezó. Ella vale todos mis esfuerzos, por ella sigo en pie, por ella sigo estudiando, por ella soy lo que soy.

* Relato por Soledad García Trillo

¡Son dos!

Sabíamos que se venía el segundo, con Pablo, mi marido, lo habíamos planifcado y buscado. Nos llevo tiempo tomar la decisión porque presentíamos que nuestras vidas volverían a transformarse nuevamente como cuando hacía unos años había llegado Juanita. De todas maneras, como en otros momentos de nuestras vidas decidimos arriesgarnos nuevamente.

Como en casi todo con “el segundo” hay otra actitud desde el vamos. Hay menos ansiedad, menos miedos, menos preguntas. Así estaba en ese momento, despreocupada, con mucho trabajo y con una niña de 3 años y medio que ocupaba gran parte de nuestro tiempo. Me hice el test de embarazo … 2 rayas … positivo. Deje pasar unas semanas y fui al médico para que me mandara los controles del primer trimestre. A la siguiente noche tuve pérdidas e hice una consulta de urgencia, llegamos a la medianoche para una ecografía, sería la primera de este segundo embarazo. La cabeza nuestra estaba en cómo estaría el bebe. Y si bien habíamos visto varias ecos de nuestra primer hija la eco de las primeras semanas aún me parece difícil de entender. Hasta qué la Doctora nos pregunta “¿ven algo distinto?” nos miramos entre nosotros para confrmar la respuesta y fue unánime: “no” y ahí nos dijo “son dos” y ya no se sí lo dije o lo pensé “¿dos qué?”.

Nunca nos habíamos imaginado esa posibilidad. Creo que alguna vez en un pensamiento inconsciente y lejano de veinteañera dije “que lindo tener mellizos” pero no es algo que se nos cruzara por la mente últimamente.

Salimos de ahí con miles de preguntas y nos invadió una confusa sensación de alegría, temor, curiosidad por todo lo que se venía . Surgió: “nos mudamos, cambiamos el auto, cómo le decimos a Juana? ¿¿¿Cómo vamos a hacer???”

Los días siguientes a la gran noticia estuvimos muy concentrados en otros temas pero lentamente lo fuimos incorporando, contando, procesando y disfrutando.

Unas semanas de reposo me hicieron entender el signifcado del embarazo múltiple.

Tomar conciencia de esta condición especial que es estar esperando mellizos. No es un embarazo como otros, los médicos ya te lo presentan como “embarazo de riesgo” y es una etiqueta que da un poco de inseguridad sumada a la inseguridad que brinda el hecho de que vas a tener dos bebes de una.

Los primeros meses no fueron muy diferentes a un embarazo de un solo bebe. La diferencia que pude notar en el primer trimestre es el tamaño de la panza, a las 12 semanas ya es notorio el embarazo. En el segundo trimestre tuve una panza grande, grande y cuando estaba en los últimos meses tenía que estar aclarando que no iba a entrar en trabajo de parto en 5 minutos y que tampoco lo iba a tener ahí mismo en el súper. Cuando me miraban con cara de “pobre que panza gigante” simplemente sonreía y explicaba: “son dos” y en ese mismo momento me volvía un ser especial.

Avanzado el embarazo le planteamos a Luis, mi médico, nuestro deseo: “queremos parto natural”. La primer experiencia fue muy linda y queríamos repetirla, vivir lo mismo que con Juanita, un trabajo de parto natural maravilloso, sin analgesia y con el apoyo de Martha (amiga, consejera, doula). Y nos dijo algo como “si están dadas las condiciones no hay problema, lo vamos viendo”. Tenía qué seguir el transcurso del embarazo sin complicaciones, estar los dos bebés hacia abajo, etc. Las últimas semanas fueron de muchos controles, tenía que estar todo bien. Finalmente mi amiga doula estaba de viaje pero sabía que podía. Estaba terminando la semana 37 y con una panza muy importante me hice las caminatas más largas y le dedique muchos mimos a mi pequeña niña grande de 4 años, era cuestión de horas. En la madrugada de un domingo al lunes empezaron algunas contracciones, me quedé atenta por un rato, me relaje y al rato pararon … seguí durmiendo. En la mañana fue todo muy tranquilo, estaba sola así que volví a hacer una siesta y fnalmente al mediodía arrancaron las contracciones. Con mucha tranquilidad me puse a liquidar todo lo que tenía pendiente, cosas del trabajo, llamadas, ver que Juana estuviera bien (había salido con los abuelos), me di una ducha y luego llame a Pablo y a mi médico. Finalmente sobre las 15.30 llegamos al sanatorio. Estaba con 7 cm de dilatación y los bebés estaban muy bien. Aprontaron la sala y con el aliento de Pablo y de todo el equipo que estaba ahí a las 16.50 llego Pedro, 3 minutos después y un par de pujos más llegó Catalina. El amor y nuestra familia se multiplicó en unos minutos y mejor de lo que habíamos soñado. En la sala de parto y en la habitación todos nos felicitaban por la valentía, los médicos, los funcionarios y otras madres internadas. Después nos enteramos el por qué, hacia años que no habían partos naturales de mellizos. Por eso para algunos parecía una hazaña y para nosotros el hermoso nacimiento de nuestros hijos.

* El parto de Joaquín por Gabriela

El parto de Joaquín fue una de las experiencias más placerosas que me dio la vida.

Lo esperaba con muchas juveniles ansias, totalmente enamorada,

Controlaba su crecimiento, lo alimentaba bien, le hablaba, le hacía escuchar música, le tejí una batita y unos Zoquetes color verde agua para que le pusieran como primer atuendo…quería recibirlo así, con su batita y pelele blancos muy suaves para su delicada piel.

Lo quería ayudar a nacer y asistí a todas las clases, practicaba las respiraciones,leía libros….

El quizo nacer 4 días antes de lo previsto…o calculamos mal las fecha..no sé, se me cayó el tapón mucoso

Ese 10 de marzo de 1993 a media mañana.

Agarré el teléfono y me acosté poniéndome las piernas en alto con 3 almohadas para llamar al padre de la criatura.

Al rato en el sanatorio, estaba instalada como en un hotel, no empezaban las famosas contracciones, hasta que el doctor dice que me las va a inducir con algo intravenosamente, todo bien_” go ahead”…aparecieron las contracciones, las monitoreábamos,cada vez me dolían más la verdad y largas, le extrugaba la mano a ese hombre pero seguía respirando y me decía “ya estamos a punto “… pero no me llevaban a la sala de partos.

Viene a verme el doc., Gastón Boero, un señor doc. Y me dice “éste que es varón va a demorar un rato, si fuera nena ya estaba afuera….”

_”ja ja le digo yo, no estoy para chistes”

_Bueno la cosa es así te faltan como dos horas…..y mientras tanto se va a seguir dando contra ese huesito duro que tenés ahí, ya que es porfiado y no se coloca en el canal de parto,…llegás a 9 o 10 cm de dilatación y sale”… o “te hago una cesárea ahora si no aguantás”,

“para mí es fácil y me voy a cenar a casa”

…. el padre que dice “no la puedo ver sufrir así”

-“y vos que decís me pregunta el doc.?

– ESPERAMOS ¡! Yo quiero sentir nacer a mi hijo-

– bárbaro entonces nos vemos más tarde ¡! y vos padre sacale todas las fotos del lado derecho ya que del izquierdo tendrá un chichón medio feo, pero no te preocupes que a la semana se le va y ASI FUE. Nació a las 23.30 hs.

Lo que puedo transmitir como sensación que sentí cuando salió es la de sujetar un pez entre las manos, que se te resbala, que se mueve y se te escapa…un placer la verdad ¡!! y ese primer abrazo indescriptible sentimiento.

Ahora ando medio complicada con esta criatura de 21 años, la maternidad va mucho más allá del parto como todas van sabiendo, ja, pero eso es otra historia.

Gracias srta.peel ¡!

* Relato por Paula Correa

Tenia fecha de internación para el 25 de agosto, si .domingo 25 de agosto, según el medico 39 semanas de embarazo, según yo 38.

Todo por un embarazo complicado por la presión, de igual manera lo que mas deseaba en el mundo era tener a mi hija en mis brazos,

Me desperté ese domingo y le dije a mi amor de no ir porque tenía sueño y estaba frío y me dijo vamos mas tarde si querés lo cual dije que no porque tenia a mi familia mas ansiosa que yo.

Llegamos al sanatorio deseando tener presión alta y que me hagan cesárea, no estaba nerviosa pero si tenia miedo de no poder pujar como debía, me toman la presión y adivinen que? la presión estaba perfecta, bien, pero pensé ” ya me veo todo el día acá induciendo el parto”, esto ocurría alrededor de las 8:30 de la mañana. Me examina el doctor y me dice “estas con contracciones?”, “no”, dije yo, “segura?, porque estas con 7 cm de dilatación, anda ya a internarte”. Salí con una sonrisa de oreja a oreja y no pensé en mas nada que en tener a mi gordita conmigo, lo mas increíble que no tenia dolor de ningún tipo.

A las 9:00 mas o menos me internan, rompen bolsa y a las 10:48 nace Candelaria, (en el parto paso lo que justamente yo tenia miedo, no poder pujar pero gracias a la ayuda de los medico y de mi amor salió todo bien)

25 de agosto del 2013 el día mas feliz de mi vida!!!!

Gracias por dejarme contar mi experiencia maravillosa.

Besos

paula

* Parir-amar-nacer por Sabrina Martínez

Existe el fuego sagrado. Para mí existió, para mí y para Ella.

Cuarenta y un semanas después de la unión del esperma de él y mi óvulo, la madrugada del 31 de marzo me encontró semi despierta, con la llegada del bendito dolor. Sí, bendito, el dolor más esperado.

Las contracciones uterinas empezaban a parecerse a aquellas que indicaban que este camino de ida, en su primera etapa, pre-parto estaban empezando.

El dormía a mi lado, respiraba profundo sin notarlo, mientras nosotras, sintonizábamos la fuerza motora de preparar la cosecha. Mis manos a los costados de donde supo estar el ombligo, las contracciones venían y se iban y venían otra vez. Eran intermitentes, variadas en intensidad, demasiado pronto para contabilizarlas. Solo nos limitamos a sentirnos en profundidad, a conservar ese momento fielmente, en silencio, durmiendo y despertando, respirando hondo, hablándonos a través de las aguas.

Todos los pronósticos lunares, ginecológicos, familiares no funcionaron, ella y nosotros lo habíamos decretado, nacería únicamente cuando el útero decidiera despedirla, cuando la placenta diera el salto a la separación. Así fue, once días después de la fecha arbitraria que había puesto el doctor.

Luego de dormir pocas -pero suficientes horas- la mañana estaba calma, especial, cálida. Le comuniqué al padre la sensación de que el viaje estaba comenzando, sin pensarlo, comenzamos la rutina como cualquier otro domingo, aprontamos el mate, abrimos las ventanas de par en par, nos bañamos y comimos algo, -liviano por las dudas-.

Al mediodía, el se encargó de ir escribiendo en el cuadernito cada cuánto venían las contracciones, seis minutos, cuatro minutos, tres minutos, cinco minutos. Eran irregulares, sabía que cuando llegaran las dolorosas me iba a dar cuenta, tranquilidad ante todo. Sentada en el sillón del living le pedí que me alcanzara un libro para ocupar la cabeza, me dio La revolución de las madres de L.Gutman, texto que me había regalado él en la últma clase de preparación del parto. Obviamente que nunca registré lo que leí, ese domingo común y silvestre era el último con panza, el último de mamá-bebé-panza, el último de la pareja, el previo a los días de familia.

Un rato después, me levanto -no sé para qué-, y un líquido corre entre mis piernas, un fluido acuso, transparente, que dejó un charquito en el piso. Rompí bolsa, pensamos. Pero en esos casos nada más acertado que llamar a tu partera. Sí, aunque uno piense que es una persona que se contrata y se paga, para quienes elegimos este acompañamiento significa mucho más, y el dinero es lo de menos. Ella es la matrona, mezcla de bruja y mujer, sensible, comprometida y amorosa. Por más que esté acompañando a diez parejas a la vez, siempre vas a sentir que únicamente está para vos, porque pase lo que pase, sea la hora que sea, la llamás y está. Y ahí estaba, del otro lado del teléfono, dando paz con cada palabra, sosteniendo-nos.

Me dijo que oliera ese mar que había corrido entre mis piernas, que lo tocara, sin miedo; después de todo era huella de la marea templada que había acunado a nuestra hija. No me olvido más el aroma, parecido al hipoclorito, pero menos intenso, tibia y clara. La bolsa había tenido una fisura que había permitido la salida de poco líquido, la bebé había bajado un poco más y había tapado el escape. El pre parto era un hecho, ahora a esperar lo demás.

Me acosté, me puse ropa cómoda, un vestido azul suelto con pajaritos volando y esperé que mi amada partera llegara y nos viera. Siempre con tranquilidad, con él cerca, mimándome, besándome y cuidándonos. Cuando ella llegó, sólo esperaba que me confirmara que ese momento que tanto había esperado desde la niñez, estaba arribando. Iba a parir en el correr de las horas, iba a parirla.

A las seis de la tarde, llegó el dolor y durante las primeras contracciones agradecí no quedarme para siempre con la panza, sensación que tantos días de espera había llegado a mi cabeza.

Se oye por ahí que los dolores del parto multiplican en cien veces los dolores menstruales, que no se aguantan, que son insoportables. Como cada parto es un mundo, y como creo que influye sensiblemente lo que esperemos que pase, en nuestro caso, ese dolor lo guardo como la sensación más maravillosa del universo. Dolores de esos que se sufren pasan a diario, una fractura, la pérdida de un ser querido, un amor que no se corresponde, una traición, una otitis, una cefalea intensa o lo que sea.

Las contracciones del parto estaban llenas de vida, cargadas de energía, rebosantes de amor. No sólo mi deseo irrefrenable de sentirlas en toda su intensidad ayudaron a que el dolor fuera sólo eso, una instancia para conectarme con otras cosas.

A mi lado había un círculo de personas que formaron un gran dispositivo de ayuda. Cuando las contracciones venían, ese fuego intenso que quema las lumbares, que sentís que te quiebra los huesos por no más de dos o tres segundos, que te va diciendo que ella está más cerca de nacer, mi madre, mi amado, las parteras y mi amiga espiritual más adorada, colocaban bolsas de semillas calientes sobre las zonas “afectadas” para amortiguar el dolor. Una menos, decían las parteras, y así lo fuimos viviendo, con amor y calma.

En pleno trabajo de parto comienza la conexión con la mujer salvaje, con nuestro estado más primitivo, creo que todas las mujeres que estaban pariendo conmigo, en sus casas como yo, en el medio de la selva o en la mejor sala de hospital estarían pasando más o menos por ese estado primitivo y natural. Cuando querés ver, estás desnuda, entregada a lo que tenga que suceder, dejando el cuerpo a disposición del dolor sanador, del movimiento de la vida que está llegando.

Empecé a dilatar, y antes de las doce de la noche del 31, mi cuello del útero empezaba a abrirse de par en par dando paso a nuestra lucecita. Con ayuda, él, nuestro amado, me convence de ir cambiando de posición y todo lo que hacemos para favorecer los pujos parece una danza dentro de nuestra habitación. Estamos solos en silencio, respirar en sintonía nos ayuda a tolerar las contracciones, solamente limitamos a agarrarnos de la mano y mirarnos; con mis ojos le voy indicando que presiento que el dolor está viniendo, y sin pensarlo, creamos nuestro propio mantra, que permite ver como el dolor atraviesa y se va, y así va y viene.

El está sudando, hace doce horas que no hace más que estar a mi lado para contenerme, en todo ese tiempo no tuvo tiempo para llorar, desesperarse o sorprenderse. Está siempre tranquilo, seguro, mirándome con amor y esperanza. Yo sin poder manejarlo racionalmente intento darle más lugar en este parto, porque se lo merece, porque es nuestra hija y es nuestra noche. Y lo amo, lo amo en cada contracción un poco más y me dejo caer en sus brazos, porque se que el puede cuidarme y cuidarnos.

En el afán de ayudar a la bebé a bajar por el canal de parto, las parteras, están un rato en el cuarto con nosotros dos, me piden que afloje, que le pida a Alma que nazca, que le diga lo que sienta en ese momento. Entre dolor y dolor, le digo que la espero, que estamos acá para ella.

Las horas empiezan a pasar, los pujos son cada vez más intensos, recorro la casa, me ducho en el baño dos veces con agua bien caliente, el me mira desde la puerta, me envuelve en una toalla y me acompaña otra vez al cuarto para seguir.

Son las tres de la mañana, siento que el día ha sido eterno, el cuerpo empieza a cansarse y las contracciones no paran. En cada pujo pongo lo mejor de mí, saco la leona que protege a la manada, destino toda mi energía en colocarla entre mis piernas, en conectar con la tierra, mi útero y mi corazón. Ella viene del lado izquierdo y tarda más en rotar, los minutos pasan, le ven parte de su cabecita, la llaman, la convocan. La noctiluca intenta en cada pujo pegar el giro, las parteras relatan cómo lo hace, pero viene otra contracción y vuelve a su lugar.

Son las cuatro de la mañana, los intentos me cansan más y más y ella, la pequeña duendecita sigue en el mismo lugar. Una de las parteras me pregunta: ¿qué querés hacer? Quiero que nazca, quiero verla, necesito verla- le respondo. Con la misma calma de la tarde, acordamos que si en media hora no hay cambios lo mejor sería ir al hospital. No necesité esperar la media hora, en mi interior sabía que tenía que irme, y que parte del aprendizaje era poder confiar en el sistema hospitalario y en el doctor o doctora que estuviera allí. Sabía que había dado lo mejor de mí, sabía que iba a parirla naturalmente, sabía que lo había intentado y sabía que estaban todos para apoyarme. No tenía por qué tener miedo, sentía en el medio del corazón la confianza en todo este proceso y sabía que estábamos haciendo lo mejor. En el aire había armonía y en mi cuerpo también, mágicamente las contracciones habían parado.

Volví al cuarto, me vestí con lo que tenía a mano y salí, heroica, fuerte y tranquila. Llevaba lo que necesitaba, a mi hija en vientre y a mi compañero. Las parteras también iban con nosotros, el taxi llegó y nos fuimos a hospitalizar.

A menos de dos cuadras de distancia de casa, las contracciones se hacían notar, algo se había movido en mí, algo había soltado la fuerza del nacimiento repentinamente. En cinco minutos habíamos llegado, la marea había levantado, los pujos volvieron, había que re-nacer.

Llegamos a las 5 de la mañana, una ginecóloga de guardia comprobó que venía con dilatación completa y al grito de “va a nacer acá” (estábamos en la enfermería), me subieron a la camilla, me quitaron el pantalón y llegamos en un santiamén a la famosa sala de partos.

La recuerdo detalladamente, sería no más de siete metros cuadrados, la “cama” era un mesa horizontal del tamaño de mi cuerpo, en los extremos, las agarraderas para las piernas, como la cama ginecológica y dos cinturones de cuero largos donde enroscar mis manos y hacer la fuerza. La partera del hospital, Juanita, una veterana buena onda y enérgica, me coloca una almohadita bajo la cabeza, y justo llega mi ginecólogo de la mutualista, alto, casi 50 años, simpático y hablador. Diego se llamaba, no lo conocía, resultó al final ser el ginecólogo de mi madre y de mi abuela, anécdota increíble. Lo miro y le digo, ¡quiero pujar doctor!, me responde: esperá que me ponga la túnica. En ese momento llega el flamante padre, con la ropa quirúrgica a medio poner y se coloca bien cerca de mí. Diego se sienta, me pregunta mi nombre y el nombre de mi hija y me dice: ¡se le ve la cabeza! Llega una contracción, y de tanto nervio no logro respirar concentrada y la dejo pasar. La partera se acerca y otra vez se vuelve a formar el círculo, esta vez, está el médico, Juanita y mi compañero todos poniendo la energía en el nacimiento que se aproxima. Me colocan la vía y me dan oxcitocina sintética, cuando cae la primera gota, la contracción viene con más fuerza y me dice el doctor: viene mirando para arriba, voy a utilizar el forceps. Gracias a las clases de preparación del parto sabía que a veces es una ayuda necesaria, y que no hay que tener miedo. El miedo llama al miedo. Ahí, me entregué a la sabiduría del médico, al conocimiento de mi cuerpo y al amor por mi hija. Diego dijo enfáticamente: si en la próxima contracción ponés toda tu fuerza, nace Alma.

Existe el fuego sagrado. Para mí existió, para mí y para Ella.

Una luz me partió el cuerpo, la panza bajó en menos de un segundo y explosivamente sentí a mi hija en mi pecho. Movía sus extremidades recorriendo el espacio, lloraba haciendo la música más linda que escuché, los tres abrazados nos besábamos. El dolor no había dejado rastro, como si las contracciones nunca hubieran existido. TODO había valido la pena, nos habíamos regalado un parto hermoso, tanto ella, como él, como yo, habíamos vuelto a nacer.

Nosotros dos nunca volvimos a ser los mismos, en una madrugada nos encontramos de frente con nuestras sombras, nos volvimos a conocer y nos volvimos a elegir. El amor se multiplicó por el espacio. “Del mismo dolor, vino un nuevo amanecer”. La casa se iluminó para siempre. Gracias Alma por darnos la oportunidad de nacer contigo.

Sabrina Martínez

* “Mi Historia de Parto es muy diferente a cualquier otra, pero tiene un final igual de feliz.” por Maria Capurro

Un día cualquiera cuando transitaba la semana 28 de embarazo, fui a comprarle el regalo de cumpleaños a mi mejor amiga, en el shopping sentí algo diferente, asique despues de ahi me fui al hospital a darme la famosa antitetánica, la cual todo el mundo se encargó de hacerme acordar que no la tenia vigente, y una vez ahi ya preguntaba si lo que sentía era normal. La ecógrafa me dijo que no era normal tener tantas contracciones, le aclaré que eran sin dolor, pero insistió en llamar a mi medico quien ordenó me dejaran internada con el fin de observarme y por las dudas darme las inyecciones para madurar los pulmones del bebe. Cuando me senté en la silla de ruedas para transladarme a la habitacion sentí que algo me avanzó adentro mio, como un pescadito. Desde ese momento supe que iba a nacer. Mantuve la calma y confié en el equipo medico, ellos

iban a hacer todo lo posible para tratar de que el nacimiento no ocurra ya que era muy temprano. Suerito va, pinchazo viene, y yo aguantando las contracciones que ya eran con dolor. A sala de parto “por las dudas”, ordenaron, yo no conozco a nadie que haya entrado ahi y haya salido con panza. No habia vuelta atras, me acuerdo que sentia desmayarme del dolor, o del miedo?

no sabia nada! ni pujar, ni si mi bebe iba a nacer con vida o si iba a poder mantenerse con vida. Volví a mi, me dije “no puedo desmayarme, tengo que sacarlo bien y hacer todo lo que este en mis manos” a los dos pujos salió y lloró, apenas lo vi y se lo llevaron a la unidad de cuidados intensivos. Yo estaba feliz de que estaba vivio, era sano y habia hecho mi parte a la perfeccion. Hoy no tengo dudas que el dolor que sentí en el parto era miedo, si todas las mujeres nos entregaramos a disfrutar ese momento como algo natural y puro, estoy segura que el dolor sería minimo, es el momento mas maravilloso que puede vivir una mujer, a pesar de todo tengo el mejor recuerdo del parto en si, estoy deseando tener otro bebe de 9 meses para vivir el parto y poder disfrutarlo sabiendo que todo va a estar bien. Es la naturaleza en su estado mas puro. Parir es increible.

Ciro despues de 2 meses en cti se fue a casa con nosotros, hoy es un bebe sano y super feliz.

* Historia de parto por Victoria Díaz

Siempre me gustaron mucho los niños, tanto así que decidí estudiar para maestra de Educación inicial. Pero realmente no se compara en lo más mínimo compartir y descubrir un niño, como el propio.

Uno planea mil cosas pero la realidad te lleva a vivirlo y descubrirlo de una manera muy distinta.

Mi familia esta invadida por nenas, por eso todos queríamos que fuese varón.

Ecografía estructural de por medio, todavía no caía que ese deseo estaba cumplido! Hasta no ver el pito en vivo, no me la creía!!

El proceso y los cambios los viví con emociones encontradas, la panza crecía, los pies se hinchaban..

Faltaban 2 semanas todavía, según lo que me habían indicado y empezó a desenlazarse todo de a poquito.

Todo nuevo, descubriendo cada dolor y cómo poder sobrepasarlo, nos fuimos al sanatorio.

A las 7 de la mañana ya íbamos camino a conocer a Santiago, muy ansiosos y emocionados, el dolor me impedía poder disfrutar esa llegada como pensaba.

Finalmente, al mediodía de un día caluroso de febrero, por parto natural y después de mucho esfuerzo, llegó Santi.

Intercambiar esa primera mirada fue increíble!

El dolor? Ya ni me importaba, estaba tranquila que todo había salido bien y Santi ya estaba entre nosotros.

Ese día no había dormido, porque todo comenzó a las 3 de la mañana y el cansancio del parto, sumado a la emoción no me dejaron dormir hasta el día siguiente.

Lo observe toda la noche y esa primera mirada me enamoro para siempre!!

Hoy, después de 3 meses, todavía nos estamos descubriendo y conociendo.

Hoy, desde hace 3 meses estoy más enamorada que nunca de Santiago!

Hoy desde hace 12 meses, soy más feliz que nunca!

Gracias por hacerme acordar de este proceso tan lindo!

* Relato por Florencia Fernández

Tomás tenía como fecha probable para su nacimiento el 8 de abril. Según mis cálculos era el 4, aunque mi instinto me decía que nacería en marzo. Había tenido un embarazo perfecto, sin vómitos, sin mareos, sin complicaciones de ningún tipo. Sí tuve un poco de acidez al principio, mucho sueño durante casi todos los nueve meses y un poco de hinchazón en los tobillos algún día del último mes. Es más, hasta la semana anterior a que naciera Tomás, yo seguí yendo al club a nadar tres veces por semana, y mi doc me despedía en cada control con la frase “vida normal”.

El jueves 27 de marzo arrancaba mi tan esperada licencia maternal, para la cual ya tenía un montón de proyectos: peluquería, depiladora (esto con carácter de imprescindible y urgente), hacerme las manos y los pies, visitas varias y últimas idas a la piscina. Pero lo único que no podía controlar ni planificar eran las ganas de Tomás por conocernos personalmente.

Fue así que el miércoles 26 de marzo, mi último día de trabajo antes de la licencia, me desperté cerca de las seis de la mañana con un “dolor de barriga”. Fui al baño y volví a la cama para dormir un rato más antes que sonara el despertador por última vez en las próximas 14 semanas, pero el dolor no se iba. Me levanté y me fui a bañar, porque mi intención era prepararme para ir a trabajar.

Pablo (mi marido), preparaba el desayuno como cualquier otro día. Pero yo salí de la ducha y el “dolor de barriga” era cada vez más fuerte. Me acosté en posición fetal, y le conté a Pablo que era un dolor que iba y venía… ¿Y si eran contracciones? Durante la mayor parte de mi embarazo no pude distinguir qué era una contracción, hasta que en pleno control con mi doc mientras me revisaba la panza me dice: “ESO es una contracción”. Desde ese momento supe que había tenido varias a lo largo de los últimos meses, sin yo reconocerlas. Mi marido siguió aprontándose, pensando que en un rato se me iban a pasar los dolores y así poder ir a trabajar. Pero eso nunca pasó: los dolores aumentaron y se hicieron cada vez más frecuentes.

Avisé en mi trabajo que seguramente no iría (no quería asustar a nadie diciendo las tres palabritas mágicas: “trabajo de parto”) y me fui al sillón a mirar tele, porque ya no aguantaba la cama. Así pasé casi toda la mañana, el mediodía y parte de la tarde, entre el sillón y mi pelota de pilates. Cuando venía la contracción (sí, confirmadísimo: eran contracciones) me arrodillaba en posición de cuadrupedia sobre la pelota, mientras intentaba respirar llenando de aire mi caja torácica, e intentando aplicar todas las técnicas aprendidas en el taller de parto y la gimnasia para embarazadas… Lo cual logré unas cuantas horas creo yo, y gracias a la ayuda de Pablo que cuando me veía muy descontrolada me recordaba cómo era que tenía que respirar.

A todo esto, cuando el dolor me lo permitía, le avisaba a mi marido que estaba llegando la contracción para que fuera tomando nota y controlando los tiempos. Como fuimos muy buenos aprendices, sabíamos que teníamos que esperar a tener tres contracciones durante 10 minutos por más de dos horas, para recién ir al hospital. Yo siempre había dicho en broma que seguramente “llegara con el botija entre las piernas”, porque para evitar ir antes de tiempo lo más probable es que dijera “vamos a esperar un ratito más… un ratito más…”. Sabía que no quería llegar al hospital, que me revisaran y que me mandaran para mi casa por apurada.

Estuve casi 10 horas en trabajo de parto antes de salir rumbo al hospital. Cuando por fin nos decidimos a salir (tras cargar valija, bolso y obviamente la pelota de pilates), no fue fácil subirme al auto. “Esperá que pase esta contracción y me voy a vestir… esperá que pase esta otra y voy al baño… ya pasa esta contracción y me subo al auto”.

Cuando llegamos a la emergencia del hospital, la doctora que me revisó me dio la noticia: “tenés 10 de dilatación”. ¡INCREÍBLE! Había hecho todo el trabajo de parto con mi esposo, en casa, los dos solitos, tranquilísimos y sin enterarnos… Yo estaba convencida que al llegar al sanatorio con suerte me dirían que tenía tres, cuatro centímetros de dilatación, y que recién ahí empezarían las contracciones realmente dolorosas por quién sabe cuántas horas más. Ahora y en perspectiva, puedo decir que en ningún momento me descontrolé como veo en las películas o en los programas del cable sobre partos (a los cuales me hice adicta), nunca lloré por el dolor, nunca grité ni pataleé. Tal vez fue justamente por eso, por pensar que todo recién estaba empezando cuando en verdad ya estaba culminando. No me voy a hacer la mística y decir que el dolor me conectó con el cosmos. No. Las contracciones fueron muy dolorosas, pero en mi caso en vez de gritar o llorar (otra vez, gracias al taller de parto), predominó el silencio y los mimos de mi esposo, abrazada a la pelota en el living de mi casa.

Tras la llegada a la emergencia del hospital y con la noticia de los 10 de dilatación, llamamos a mi doc (habíamos quedado en eso) para que viniera a atender nuestro parto. No respondió y no había demasiado tiempo que perder, así que finalmente la doctora que me recibió en la emergencia fue quien me atendió.

A partir de ahí no todo fue tan maravilloso como lo había sido hasta el momento. Fuimos a la sala de preparto y allí me rompieron la bolsa, pero al hacerlo salió meconio. Eso significaba que Tomás debía abandonar cuanto antes el único hogar que conocía hasta el momento. Pero yo no sentía el deseo de pujo que tantas veces me habían dicho que iba a sentir en algún momento, aunque la verdad es que ya no sabía qué sentía. Las contracciones seguían siendo dolorosas, me habían dejado la chata puesta desde el momento en que me rompieron la bolsa, la doctora no me dejaba sentarme en la cama para pujar… Fue todo bastante intenso, pero se puso más intenso cuando al controlar los latidos de Tomás, estos bajaban con cada esfuerzo que yo hacía por pujar. Intentaron pasarme oxitocina para ver si llegaba ese bendito deseo de pujo, pero tras pincharme una, dos… cuatro veces sin éxito, desistieron.

Lo intenté un par de veces, pero los latidos seguían bajando con cada pujo. Semanas después y charlando con mi esposo sobre ese día, le comenté sobre el momento de pujar, y que yo realmente no sentía ese famoso “deseo”, por lo tanto no podía hacer fuerza… “qué no ibas a hacer fuerza si la panza se te transformaba toda”… ahí me di cuenta que ni enterada estaba de lo que pasaba de mi cintura para abajo. Volviendo al día del parto, ante ese panorama la doctora me propuso ir a cesárea. No había lugar a dudas: ¡el pequeño tenía que nacer! Así que me vestí con tnt para la ocasión, y me llevaron para la sala de operaciones. No me sentí decepcionada en absoluto por no poder traer al mundo a mi Tomás tal y como lo habíamos pensado. Tanto su papá como yo, habíamos hecho todo lo que podíamos para tener un parto natural, y creo que bastante bien lo hicimos.

Las contracciones eran cada vez más fuertes, y en vistas de la inminente cirugía, yo que había sido defensora del parto sin medicación (marche un parto sin epidural para mí), en lo único que pensaba era en que se apuraran a darme la raquídea. Si de todas formas iba a dejar de sentir, ¡que lo hicieran cuanto antes!

Ya en la mesa de operaciones y perdiendo la sensibilidad en mi tren inferior, vi a los médicos mirando con cara de preocupación hacia mi espalda. Nunca supe qué miraban, sólo sé que mi presión estaba aumentando: 18 la máxima y no-sé-ni-me-importa-cuánto la mínima. Listo, tuve preeclampsia en plena sala de operaciones (confirmado con análisis posteriores que indicaron

que no fue un aumento de la presión por los nervios del momento).

Pablo estaba sentado a mi lado, intentando transmitirme tranquilidad aunque su cara fuera de pánico por todo lo que escuchábamos que se hablaba entre los médicos. Él vio cómo me abrían y me manipulaban, e instantes después, cómo sacaban a nuestro Tomás de mi interior. Lo vio TODO. Yo afortunadamente no sentí ningún tipo de dolor, ni de presión, ni nada de NADA. E increíblemente estaba muy tranquila, casi en paz diría.

Nos dijeron que por el tema del meconio, Tomás podría haber nacido “verde”, pero por suerte no pasó. Sí pasó que el pequeño venía en posición posterior (lo que hubiera enlentecido el parto natural) y con una vuelta de cordón alrededor de su cuellito (un cordón que ya se había afinado demasiado para el gusto de los médicos). Por eso demoró algunos segundos más en llorar… y mientras el padre veía todo esto, yo seguía sin saber qué pasaba, sólo enterándome por la mirada preocupada del padre. Cuando lo escuchamos, fue la gloria. Ahí sí me conecté con la máxima felicidad del mundo. La neonatóloga lo trajo a mi lado y con la frase “esto no falla”, lo recostó contra mi cara y la hermosa criatura achinadita dejó de llorar.

Padre e hijo se fueron juntos de la sala, mientras procedían a cerrarme y vaya a saber uno qué más. Entré al hospital pasadas las 16 horas y Tomás nació a las 17.54. TODO eso pasó en menos de dos horas, aunque por los nervios, el dolor de las contracciones y la preocupación por los problemas que iban surgiendo, pareció una eternidad.

La recuperación fue un éxito, como lo fue todo el embarazo. Al mediodía del día siguiente ya estaba parándome “casi derechita”. Sentí algunos dolores sí, pero nada extraordinario. Asumo

que tener al más lindo en mis brazos habrá ayudado a tener una mejor recuperación, haciendo que nada importe el tener que controlarme con un cardiólogo el tema de la presión, o el saber que un futuro embarazo tendrá que ser mucho más controlado por culpa de la albúmina y la preeclampsia.

Obviamente lo amé desde antes que naciera, pero el ENAMORAMIENTO definitivo me llegó hace apenas algunas semanas. Tenía miedo de no lograr esa conexión madre-hijo que, de todas formas, había leído y escuchado que muchas veces no era automática. Por suerte ya me llegó. Gracias Pablo por permitirme ser la madre de este ser tan divino. Sin dudas, Tomás es lo mejor que hice en mi vida y mi corazón no puede sentirse más tibio de amor y orgullo.

Flor

* “Mi embarazo fue un paréntesis dentro de la vida y lo viví envuelta en una nube de inocencia color pastel”

por Leticia Gazzo

Mientras la vida crecía en mi interior, el exterior se volvía cada vez mas ajeno. Yo iba flotando confundida tratando de resolver asuntos tan trascendentales como elegir entre cuna , practicuna o moisés.

Me conecté con mi cuerpo y seguí fanática sus cambios. Googleé casi a diario sobre el desarrollo del embarazo semana a semana, hice gimnasia, pilates para embarazadas, fui a las clases de parto, aprendí que hay un diccionario entero de palabras nuevas para esta etapa: calostro, lanugo, meconio, loquios y muchas delicias más.

Me informé sobre el parto, busqué videos en youtube y leí varios testimonios de otras parturientas.

Parto en casa, parto en el agua, parto orgásmico, la temida episiotomía, la famosa epidural. Me volví una militante en mi propia cruzada interior por el parto natural y humanizado.

Convencida de mi vínculo intrínseco con la madre tierra y todas las madres del mundo, decidí prescindir de la anestesia y sentir el dolor, pero no por mero masoquismo, sino el dolor como herramienta para ayudar al cuerpo, el dolor de la vida viendo la luz. Estaba llena de confianza, coraje y fuerza animal y no tenía miedo.

El día exacto de mi fecha probable de parto, día de reyes, hacía un calor agobiante pero me sentía bien.

Vestí mis redondeces con ropa liviana y salí a dar el paseo de la tarde por la sombra , mientras contestaba algunos ansiosos mensajes con un ya repetido “todavía no quiere salir”.

Hasta que en un momento de la tarde sentí agua que me corría por las piernas. No muy segura de si me había hecho pichí o estaba rompiendo bolsa, le comenté a mi pareja, que quedó blanco como una papa del susto. Tanto esperar el gran día, nos dimos cuenta que no lo esperábamos en absoluto.

Igual no fue como fantaseábamos que sería (un momento explosivo y nervioso donde toda nuestra

torpeza e inexperiencia nos iban a jugar una serie de malas pasadas tragicómicas hasta terminar casi pariendo en el auto de camino al hospital) fue mucho menos interesante. Nos bañamos, cargamos el auto como quien se va de campamento una semana ( tres bolsos, pelota de pilates, cámara de fotos semiprofesional ) y nos fuimos al hospital manejando despacio y debatiendo los pro y los contra de que nuestra hija nazca el día de reyes.

Me contuve por varias horas de mandar ningún mensaje de texto, hasta que no pude más y le mande uno a mi hermana “no digas nada pero creo que nace hoy”.

Es imposible explicar el mix de sentimientos que se desencadenaban adentro mío mientras acostada en una camilla esperaba a mi doctor, que interrumpió sus vacaciones en el este y venía en camino.

Ya el médico de guardia me había adelantado que, para él, mi caso era de cajón una cesárea, debido a mi pequeño tamaño, lo grande de mi panza, y que el bebé no se había encajado y no bajaba.

Y así fue. No experimenté el dolor de las contracciones que desencadenan el parto, no sentí la fuerza animal de una madre conectada a las raíces de la vida, la única luz que vi fue la del bloc quirúrgico, cuando desnuda y sedada de la cintura para abajo vi como muchas manos vestidas de blanco cortaron, revolvieron en mi interior y empujaron con fuerza hasta sacar a esa criatura azulada y ensangrentada, acurrucada y comprimida que lloraba a gritos.

Me la mostaron por encima de mi cabeza: acá está Lisa, dijo mi doctor. El padre quedó petrificado, cámara en mano, sin poder sacar una sola foto. Y Yo lloré, conmovida. No por el parto que quise y no pude tener, sino por la VIDA y el por el AMOR que se hicieron presentes con tanta fuerza en esa sala fría y calentaron mi corazón para siempre.

* Relato por Shila Zyman

Ya hacía algunos segundos, o quizá un par de minutos, que habías nacido. Vos llorabas, pero nadie te hablaba. No nos habían presentado aún, como si necesitáramos presentación. Estábamos en la misma sala, te escuchaba fuerte y claro. Ellos, eran como cinco, y hablaban de vos, de lo chiquita que eras. Yo los veía mover sus brazos a través de esa sábana blanca que nos separaba. Estaba acostada, con los brazos inmovilizados y los focos en la cara. No sentía mi cuerpo. Sabía dónde estaba, pero no entendía nada. Sabía lo que pasaba, pero no entendía nada. Miraba el techo mientras esperaba que algo sucediera.

“Hola, Maia”. Esas fueron las dos primeras palabras que te dijeron y que me sacaron del trance. Te las dijo él. Como te las dice cada día, desde hace cinco años, cuando llega a casa después de trabajar. Te las dijo con ese tono que usa a veces, entre alegre y timidón. “Hola, Maia”. Lo repitió una y otra vez. Sólo esas dos palabras, cargadas de un amor que hasta ese momento no conocía, me hicieron cerrar los ojos y, así, las lágrimas empezar a caer.

Llegaste un poquito antes. Dos semanas, para ser precisos. Una ecografía de rutina mostró algo que no esperábamos. Escuchamos dos palabras que no sabíamos lo que significaban, pero no sonaban bien. El ginecólogo nos tranquilizó: “Ella está bien, pero hay que sacarla ya”. En shock todavía nos fuimos a casa, me bañé, agarramos los bolsos y sin dar demasiados detalles a nuestras familias, fuimos al sanatorio. Decidimos vivir ese momento solos y en paz. No estaba tan nerviosa como pensé que estaría en una situación así, pero fue una noche rara, larga; estaba ansiosa por tu llegada pero asustada por no saber qué esperar.

A primera hora del otro día ya estaba pronta para recibirte y, ahí sí, los nervios me invadieron cada zona del cuerpo. La espera se hacía eterna y no sabía en qué posición ponerme. Finalmente la camilla empezó a moverse. Mientras recorría esos pasillos eternos, semidesnuda y con una gorra muy fea en la cabeza, empecé a pensar en cómo había llegado hasta ahí. Pensé en el día que el test dio positivo, en cada noche que seguimos tu crecimiento con un libro de embarazo y en el interesante intercambio del cual surgió tu nombre. Todo se reducía a ese momento, nos íbamos a conocer.

Finalmente, fue en la habitación donde te vi por primera vez. Llegamos juntas. Yo estaba recién operada, y vos recién nacida. Te espié desde mi cama, estabas en la cuna. Eras perfecta. Y entonces vi tu ropita, esa que yo había elegido hacía algunas semanas pensando en vos. Te vi ahí, al lado mío, estabas rojita y con los ojos achinados. Entonces alguien te agarró y te puso arriba mío. De forma instintiva te llevé hacia mi pecho. Y te miré, te observe. Te miré durante diez segundos, treinta, un minuto entero. Ahora estábamos los tres solos en la habitación y sólo se escuchaba ese silencio cómodo, necesario. Ese silencio que él y yo acompañamos con miradas cómplices, con sonrisas de felicidad pura pocas veces vistas. Entonces mi atención volvió hacia vos, y te empecé a acariciar la manito y cada uno de tus deditos, y ahí me di cuenta, ahí sentí por primera vez la magia entre nosotras dos.

* Historia de parto por Rosina Alvarez

Un día me dispuse a preparar una cena especial, venían amigos de mi esposo a casa.

Jugaba Uruguay y todos venían a ver el partido y a hinchar por la celeste en patota.

Hacía dos años que estábamos casados.

Pasó algo muy extraño, corté un chorizo y la grasa se empezó a esparcir por la tabla y una sensación de asco y dolor de estómago se apoderaban de mí. Algo me lo dijo: ¡Estás embarazada! Yo le respondí a ese algo: ¡No, no puede ser!.

Decidí hacerme un análisis de sangre para sentirme segura con el resultado. Fue positivo, estaba embarazada.

En pocos meses colapsó el sistema económico del país y se produjo la crisis del 2002, una de las más importantes del Uruguay. Mi Panza crecía a la par de la crisis. Tanto a mi esposo como a mí nos recortaron las horas laborales. Y propuesta mediante, decidimos mudarnos a la casa de mis suegros. Francisco venía en camino. Nuestras preocupaciones crecían.

Instalada en el nuevo hogar, trataba de disminuir los miedos económicos. Cada día era un despertar al amor y a la hinchazón. Cada mes un kilo me adornaba el cuerpo.

Dormía por la mañana y trabajaba en un diario por la tarde. Todo se convertía lentamente y los miedos se diluían. La fecha del médico pronosticaba un 5 de febrero, y empezaron las apuestas. Mi esposo cumplía años el 1º de Febrero, y yo el 3. Se acercaba la fecha y la tentación de creer que nacería en mi cumpleaños me seducía. Las abuelas pronosticaban el parto para cuando se hiciera la luna, el día domingo 2 de Febrero.

El 1º pasó y nada. El domingo 2 de febrero me sentía de maravillas. Le dije a mi esposo;

-Vamos a tomar un helado hoy porque mañana viene Francisco – él sonrió burlón-.

Esa noche me acosté ilusionada. Me desperté a las 5 de la mañana con la tormenta y las contracciones cada 5 minutos. El día había llegado. Quise aguantar en casa. Tenía que aprontarme para la gran cita de mi vida.

Decidí bañarme, depilarme, hacerme un brushing para entretener mi madrugada y distraer el dolor. Apronté las cosas, y me pinté las uñas con un esfuerzo sobre humano. Hubo un momento en que sentí que tenía que ir a internarme. Llamé a mi esposo que dormía muy cómodamente, y solo le dije tres cosas: “Son las 7. Estoy lista. Llevame”.

Fueron 9 horas de pre-parto. Se me caían las lágrimas, tenía frío, calor, dolor, angustia, todo lo que no había sufrido en nueves meses había venido todo concentrado. A veces creía que iba a morir, que no podría soportar.

A las 16 horas el sueño me empezó a vencer, estaba agotada. Ya no tenía fuerzas para resistir un minuto más. Decidieron hacerme una inducción. Y en 5 minutos me estaban llevando a la sala de parto. Fue todo muy rápido. Me dijeron que pujara, una vez, dos veces, y en la tercera, tenía a Francisco en mi pecho con su ceño fruncido, y sus manitos arrolladas. Ahí caí en la cuenta, mi regalo de cumpleaños había llegado y sería el más importante de toda mi vida: Francisco.

* Relato por Eliana Santos

Fui madre muy joven a todo caso, eso no impidió que amase a mi hijo a pesar de todas las circunstancias y obstáculos que se me aparecían. El día más importante de mi vida fue cuando nació mi hijo Federico Mateo, actualmente tiene 3 años y 4 meses, nació aquí en Uruguay el 21 de enero de 2011 a las 21:50, llegué al hospital el 20 de enero a las 18:00 con contracciones, Y SI, como están leyendo estuve un día entero y más con contracciones y mucho dolor hasta que finalmente llegó la hora de al fin tener a mi niño en mis brazos, ese día a pesar de cualquier dolor que hasta el día de hoy recuerde en carne propia ( se me eriza la piel ) lo recuerdo como el día más feliz de mi vida, cuando tuve a mi niño en mis brazos todos los dolores y feos pensamientos que pasaban por mi mente como miedos se fueron, en una milésima de segundo eso ya no existía más era pasado, aún recuerdo cada momento de ese día, esas interminables horas, estaba junto a mi madre mi abuela y mi tío quien luego se fue para poder ir a trabajar, mi madre y mi abuela fueron quienes más estuvieron conmigo en todo momento, viéndome sudar , sufrir de dolor, mis inquietudes mis miedos pensar que mi niño podría estar sufriendo en ese momento, como así fue, cuando más tarde cuando nació me lo digieron, largas horas de trabajo de parto fueron muy sufridas para ambas partes, recuerdo que cuando llegado el momento casi entrando en sala de parto intentando hablar con mi abuela sin poder, esos intentos dolores en la parte de mi útero el cual se iba intensificando a medida que pasaban las horas, no me dejaban emitir siquiera una palabra, era una contracción tras otra, lo único que se me pasaba por la cabeza era ” ESTO NO SE SABE CUANDO PUEDE TERMINAR, ESTE DOLOR, QUIERO QUE SE VAYA, QUIERO TENER A MI BEBÉ ” una tras otra, ese pensamiento no se iba, llegado el momento los médicos ayudaron adelantar el parto, minutos más tardes los pujes comenzaron , a sala de parto, pujes muy lentos ayudaron a que mi bebé naciera sin problemas que yo no tuviese ninguna marca del parto, recuerdo que me dieron una inyección por si me desgarraba claro prevención para que yo no sintiera más dolor de todo el que ya había sentido, maravilloso fue el momento en que tuve a mi bebé en los brazos, sin duda el instante mas maravilloso que cualquier mujer pudiese vivir, no se compara con absolutamente nada, los dolores las horas los miedos todo había sido olvidado solo estábamos él y yo, mirándome fijo con sus hermosos ojos, su pelo claro como la miel, hermoso instante, sin duda.

Este mensaje va para todas las mujeres que van a ser madres o que quieren serlo , nunca dejen de cumplir sus sueños por los miedos, muchas mujeres que desean ser madres no lo son por miedo al parto, mi consejo es, olvidense de los dolores, imaginen ese hermoso momento todo lo que yo viví mi experiencia, el dolor es lo de menos realmente, si se que se fueron a muchas horas, pero todo eso lo compensa cuando tienes a tu niño en los brazos cuando puedes sentir el aroma de su piel, sus ojitos mirándote, es sumamente maravilloso. No dejes de cumplir tus sueños.

* Relato por Irene Delponte

De los dos partos que tuve, si tuviera que elegir (de hecho, tengo que hacerlo ahora) contaría el segundo. No sólo porque en el relato tendría la excusa para mencionar al primero, sino porque además, el segundo tuvo como particularidad la certeza. La primera vez estaba con algunos miedos y dudas; por más taller, curso, blog, o madre que escuchara, era imposible prever lo que iba a pasar. Nada puede ilustrar lo que vamos a sentir en el parto.

Esta vez ya no había misterio. Ahora tenía certezas: la certeza de que me esperaban horas de sufrimiento y dolor, meses sin dormir, sin salir, sin arreglarme, con un bebe de dos años lleno de celos y enojos, y otro totalmente dependiente.

Con todas esas seguridades, pero también con la de que mi parto anterior había sido soñado, (tanto así que al salir de la sala quería volver a entrar y parir de nuevo, como cuando Francisco, de casi dos años, se baja del tobogán y corre a subirse de nuevo) sabía que era probable una nueva experiencia exitosa.

A las 2:45 del “viernes de turismo” o “Santo” tuve la primer contracción. A los 7 minutos la siguiente. A la tercera le avise a mi amado Alfredo, y le dije que siga durmiendo, que le avisaba “cualquier cosa”. Las contracciones siguieron cada 7 u 8 minutos. Se suponía que debía esperar hasta que fueran cada 5, por al menos 1 hora, para irnos al hospital. Es espectacular la sensación de tener las contracciones y pensar: “se terminó la espera, hoy, en unas horas le voy a conocer la carita”.

Cuando a las 8 AM decidí levantarme a bañarme y desayunar, sentí como si un globo hubiera explotado en mi panza y que “algo” (claramente, la cabeza del bebé) se depositaba repentinamente sobre mis huesos. Un globo con líquido y un bebe. Llame al médico de emergencias para consultar: había roto la bolsa.

Me bañé y senté a desayunar, mi hijo Francisco me pedía upa, las contracciones pasaron a ser cada 2 o 3 minutos. Sin decir mucho agarre el bolso y le dije despacio a Alfredo: “Nos vamos YA”. Tenía ganas de pujar.

Espere en ascensor con una contracción, entré, antes de llegar a planta baja tuve otra. En el taxi le confesé a Alfredo lo que me pasaba hacia 20 minutos: tenía las temidas e irrefrenables ganas de pujar.

Eran las 9:45. Llegamos. Llego mi ginecólogo. Tenía 8 cm de dilatación. Me subieron, cambiaron y volvieron a tactar: estaba de 10. Me llevaron a la sala y pujé unas pocas veces y nació. Eran las 10:30. No lo podíamos creer. Había sido más rápido de lo esperado y mejor. Sin episiotomia, sin anestesia, esta vez pude sentir totalmente como su cabeza asomaba al mundo. Esta vez, como la anterior, me deja la certeza de que duele y cansa, pero que todo eso dura poco. Y, además, se olvida.

* Relato por Cecilia Garcia

Me llamo Cecilia Garcia, soy de Montevideo Uruguay. Tengo 32 años y este es el relato del nacimiento de mi primer hijo Lucas. Espero inspire, asuste o simplemente divierta!

EL nombre de mi primer hijo lo elegimos, junto a su padre, 5 años antes de empezar a buscarlo. Estaba destinado a llamarse Lucas y luego de conocer a quien sería su padre, casi en simultáneo, en la tercera cita nos enamoramos de ese nombre y del que sería nuestro hijo.

La búsqueda de Lucas fue (literalmente) una aventura! Viéndolo en perspectiva, creo que nos equivocamos al informarnos tanto de que esperar y que no esperar. Teníamos demasiada teoría sobre los tiempos y sobre lo que pasaría en mi cuerpo y en el cuerpo del bebe, información con lujo de detalles que hoy me parecen manuscritos antiguos! Porque si hay algo que queda claro es que cada embarazo, cada panza, cada cuerpo es una experiencia distinta! Cada persona deposita en ese camino de mucho crecimiento cosas únicas, que hacen a la esencia de cada uno y al vínculo, hermoso vínculo que creamos con este pequeño ser humano hermoso al que llamamos niño. Nos embarcamos en este viaje llenos de ilusiones y fantasías.

Fantaseamos con todo lo que vendrá (que por suerte, al momento de embarcamos lo desconocemos!) pero por sobre todas las cosas yo me arme mil películas de como seria ese preciso momento en el que conocería al nuevo amor de mi vida.

Buscamos a nuestro hijo durante 25 días del invierno del año 2007. Soy una persona muy ansiosa y por supuesto que no respete las indicaciones del test de embarazo que explicaba cuanto atraso había que tener para que fuera certero el resultado. Con el corazón latiendo desenfrenadamente me hice el test, contando los minutos de espera como siglos pero con la convicción de que estaba embarazada de Lucas. Y dio negativo. Dos rayas. Un simple retraso.

Pasó una semana y yo, lejos de sentirme desmotivada, sentía algo. Sentía que no estaba sola, caminaba por la calle sintiéndome acompañada, me despertaba y me acostaba todos los días durante casi 15 días con la sensación de que mi cuerpo no era solo mío. A los 15 días de retraso, la ciencia me dio la razón. El nuevo test dio positivo. Y al otro día examen de sangre, porque repito… soy muy organizada y necesito confirmación de los datos.

Listo. Estoy embarazada y tengo 8 semanas pero ya quiero conocer a este bebe, tan deseado y tan imaginado. Pero falta mucho… uhh que ansiedad! La ansiedad me llevó a planificar mi parto –siempre pensé en parto- en mi cabeza un millón de veces. Ensaye todos los trucos de respiración que me enseñaron, practique las técnicas de concentración de las que tanta hablaron en las clases de parto y a medida que llegaba el gran día, más convencida aún de cómo iba a ser mi parto. Escuche un millón de consejos, solo preste atención a los consejos de mi madre porque me sonaban muy realistas: te va a doler, las contracciones duelen un montón, pero se acaban. Cada una es una menos y te hacen posible lo que viene luego. Vos elegís como pasarlo, o te descontrolas y la pasas mal en todos los ámbitos, o te controlas y pasas por esta experiencia tan antigua y tan hermosa, tan ambigua que te lleva de un tremendo dolor a una inmensa emoción.

La primera pista de que nada iba a ser como lo planifique fue la fecha. Lucas tenía que nacer el 8 de mayo. Lo dijo la doctora, lo dijo la última ecografía, lo dijo la fecha de menstruación, lo dijo mi vecina: tenes la panza tan baja! Nace en cualquier momento. Y como soy aplicada, me lo tome en serio.

Pero no. Pasó una semana y llegó la segunda pista de que nada sería como lo planifique. La doctora me puso fecha, Lucas iba a nacer el 13 de mayo. No importa, a esta altura – mucha ansiedad mediante- tengo un objetivo muy claro que es conocerlo, sentir su olor, escucharlo y enamorarme!

Llego el día. Ahora si todo sería como yo pensé! Tendría un parto y en unas horas Lucas estará sobre mi pecho. Pero no. La tercera pista de que nada sería como yo pensaba, fue cuando la doctora habló de cesárea. Me explico muy correctamente los motivos por los cuales podría terminar en una cesárea, intentaríamos un parto pero deberías ir pensando en la posibilidad de cesárea, me dijo. 41 semanas de gestación y nunca se pasó por mi mente la posibilidad de cesárea. La sorpresa de escuchar esa palabra fue el detonante para el mar de lágrimas que brotó de mis ojos. Era el fin del mundo, no sé porque, pero en ese instante de mis ojos y de mis poros emanaban miles de sentimientos, de ansiedad, de miedo, de alegría, de todo! Estaba muy bien cuidada, sin dolor y con toda la claridad del mundo para entender las razones médicas de la posible cesárea. Pero Lucas y su cordón envuelto me enseñaron que se aprende a parir cuando se está pariendo, la teoría ayuda pero el cuerpo, el instinto y el niño nos guían en ese camino.

Intentamos el parto, fue algo como el efecto placebo, todos sabían que era mentira menos yo! Lo confesó la doctora horas después. Me pusieron el suero y arrancó el desfile del circo. Primero vinieron los payasos y con ellos la sensación de que las contracciones eran muy fácil de sobrellevar. Porque será que exageran este sin fin de mujeres que me dijeron que dolía mucho? Al rato arribaron los tigres de bengala, impartían un cierto temor pero también tenían su belleza única. Cuando estaba conviviendo pacíficamente con los tigres, apareció el dueño del circo con intenciones de romper la bolsa. La sagrada bolsa que contenía a mi hijo, que tan bien lo resguardo durante todos esos meses. La doctora rompió la bolsa y con el líquido llegaron los elefantes. No hay que menospreciar a los elefantes, son hermosos, pero son pesados y demoran mucho en alejarse. Ya no sentía miedo porque esa sensación de estar bailando el baile me saco la posibilidad de sentir miedo. Pero sentí dolor. Sentí culpa por haberme preguntado de qué dolor hablaban las mujeres que habían parido a mí alrededor. Y entonces me reconecte con la idea de focalizar toda mi atención en un punto, respirar con calma y pausado. Cada contracción es una menos. Deposite mi vista en el picaporte de la puerta del ropero de la habitación y concentre todo mi ser en la respiración. Y lo logre, logre una armonía increíble y me sentí que podía con todo, podía con todo el dolor que estaba sintiendo y podía soportarlo mucho más si era lo que me acercaba a mi Lucas. Allá estaba, pronta, esperándolo, soportando y aguantando, deseándolo con todo mi cuerpo. Aprendí mucho de mí misma en ese instante de poder. Pero no estaba sola en todo esto, allí estaba, el papá de mi bebe, el amor de mi vida, mi compañero y el culpable de todo esto. Y sin poder articular palabra cruzamos unas miradas, alternando la concentración del picaporte de la puerta con el momento de alivio de los ojos de mi amor. Todo funcionaba con armonía y por fin tenía la sensación de que iba a ser como yo lo había planificado.

Pero no. Luego de 4 horas de picaporte y miradas compasivas, la doctora trajo las noticias. No hay dilatación, no tenes bolsa y no tendrás el parto. Nos vamos a cesárea.

Y nos fuimos a la cesárea. La sala de operaciones era memorable, mucho más amena de lo que me imagine. Al instante note que no había hombres, todas las médicas, anestesistas, enfermeras eran mujeres. Listo, se me pasó la angustia por la cesárea, todas estas mujeres me presentarían a mi bebe. Como sea… en breve nos conocemos!

No sé cuánto dura, un instante, un par de segundos o una vida, el instante en el que llora y se escuchan una serie de piropos para ese muchacho que aún no pudiste ver del todo pero que ya sabes cómo es hasta el ínfimo de los detalles, ese momento….ese momento es posiblemente la sensación más reconfortante que he experimentado.

Y nos conocimos. La pediatra hizo los honores y finalmente me presento a Lucas. Lo trajo desnudo, envuelto en una manta, sucio de sangre y amor. Me lo acercó a la cara, nos miramos, nos sentimos los olores y supimos que era para siempre. Los dos llorábamos, le dije Hola Lucas y me respondió con una mirada, dejó de llorar al instante, nos besamos y se fue a conocer a su padre.

Lucas nació a las 16:27 del día 13 de mayo de 2008. Mientras su padre miraba y su madre escuchaba, 8 mujeres lo ayudaron a llegar al mundo. Esa pausa en el llanto y esa mirada, 6 años después sigue siendo la luz y la claridad para todo en mi vida.

* “El mío fue un parto inducido” por Lucia Almada

Cuando el médico me dijo que había que “inducir ” ese mismo día para provocar las contracciones y así desencadenar el trabajo de parto, me contuve de no salir corriendo a googlear “inducción” y “oxitocina” (la hormona que te inyectan). Había hecho eso con cada nuevo término sobre del embarazo, durante los últimos nueve meses!

Mi novio es una persona que se aterra con los hospitales, agujas, sangre y todo eso, así que presenciar un parto no loco! Cuando la famosa hormona del amor comenzó a hacer el esperado efecto y las contracciones aparecieron con su ritmo, por suerte ya me acompañaba mi doula, y a él lo eché del cuarto. Necesitaba apoderarme de ese lugar sin miedos en la vuelta.

Al principio como que no me animaba a entregarme a la respiración como me habían enseñado en las clases de parto, me sentía ridícula haciendo sonidos extraños. Mi doula, una santa, me decía “Lu, no te desconcentres, sos una mujer pariendo!”.

Había decidido no usar anestesia, y el dolor comenzó a hacerse tan intenso que ingresé en un transe que me salvó para poder sobrellevar 12 horas de trabajo de parto (ahora sí ya con sonidos guturales incluidos).

Cualquier cosa que me hiciera volver a tierra me molestaba.

Hasta que llegaron las ganas de pujar y fue como un -wooooow intensísimo, voy a salir volando!

Ya faltaba poquito.

Dos parteras de guardia, muy divinas, decidieron quedarse en el cuarto y, junto a mi doula, me daban aliento y me decían que estaba haciendo las cosas muy muy bien. Era como tener una hinchada de futbol alentándome!

Por un momento las contracciones cesaron, (para mí fue como media hora pero habrán sido 3 minutos) y me preguntaron qué era ese libro que tenía en la mesa de luz; les había llamado la atención el título “Un poquito tarada”. Les conté que era de Dani Umpi, ellas no tenían idea que también escribía. Les dije que sí, que también tenía un libro de poesía, que era un artista multifacético y bla bla bla…y todo esto entre contracción y contracción. Re fan.

Les causó mucha gracia mi lucidez en ese momento.

Salimos muertas de risa, yo en camilla, para la sala de parto.

.

Al final luego de unos pujos y con mucho ánimo en mi entorno, nació Matilda.

La recibió una de las parteras porque el doctor se había demorado.

Todos me felicitaban por mi trabajo, nunca entendí si eso lo hacen con todas las mujeres o si era que había pujado bien nomás.

Lo primero que hizo mi hija fue hacer pis.

En seguida la pusieron sobre mi pecho, y logré darle un besito. No lo podía creer.

Dos horas después, sonaba Fake Polindromes de Andrew Bird en la habitación del sanatorio que milagrosamente había quedado tranquila.

Yo miraba a mi novio, y miraba a Matilda, estábamos bien, estábamos juntos.

Esa noche logré sentir lo que era la Victoria.

* “Parto de Victoria y Cecilia” por Marcela Cuenca

Victoria y Cecilia llegaron un sábado 28 de julio de 2012. Fue un embarazo distinto, un embarazo múltiple, ellas eran el resultado de un largo y difícil camino que lográbamos terminar.

Mi médico mantuvo durante las 35-36 que estuvieron en la panza la calma mas reconfortante que podía trasmitir. Cada control era un alivio. Las metas las últimas 4 semanas eran cortas. Cada control me decía “Marcela, tenes que aguantar porque después en el hospital los días se hacen largos”

Un martes 23 de julio, con 34-35 semanas tuve el control de rutina y la verdad yo no daba mas. Estaba completamente hincada, no podía flexionar una pierna por la retención de líquido, era una bomba de tiempo con picos de presión y sangrados de nariz.

Es martes el médico me dijo, Marcela tenemos que llegar al fin de semana, las mellis son chiquitas, si seguimos así de controlados llegamos. Quedamos que el viernes me volvía a ver y decidía.

Ese viernes 27 tuve una mañana larga, el miedo a decidir la cesaría y hacerles un mal a ellas era grande, pero por otro lado yo no daba mas, lo juro, no daba más. Hacía dos noches que pasaba sentada en el sillón, porque no tenía acomodo en la cama, no me podía mover.

Llegue a la consulta, no tenía presión, no había aumentado de peso, estaba todo controlado. El médico me planteo dos opciones: Hacer la cesaría el sábado 28 a el le quedaba mejor porque no tenía que consulta en ninguna sociedad y el día lo tenía libre o hacerla el lunes 30 porque entendía que era mejor para las mellis, iban a estar con tres días mas dentro de la panza, tres días que iban a ser fundamentales para que ellas nacieran mas grandes.

Me dijo, si yo tengo que decidir no dudo en el lunes 30, pero tengo que ver también tu salud y allí empecé a llorar como una loca y le dije “Te juro que no doy mas”

La respuesta tanto del médico como de mi esposo fue, el sábado no hay duda.

Cómo estaba de 35 casi 36 semanas y la cesaría iba a ser ese día si o si sin programación previa en la sociedad, el médico me dijo, mañana levántate tranquila, carga las cosas y llega a la sociedad a las 8.30, di que te sentís mal, no exageres mucho, pero no dudes en que te ingresen.

Cómo buena alumna, llegue con presión alta, sangrado en la nariz y entre al sanatorio como por un tubo.

A las 11.30 Nació Victoria pesando 2K 300g y a las 11.31 Nació Cecilia pesando 1k 800g.

Les dí un beso en al sala de operaciones y luego volvía a tenerlas en mis brazos a los 5 días, me tuvieron que ingresar a cuidados intermedios porque la presión se disparó y no había forma de bajarla.

Hoy a casi dos años estoy segura que decirle al médico “Te juro que no doy más” nos salvó a las tres.

* “Mi parto” por Florencia Flanagan

Con la idea de que esta historia, tal vez sea compartida públicamente, lo que me sale es dedicarle este relato a ese ser que compartió conmigo la experiencia.

Luana, hija, desde que te concebimos hasta hoy, eres mi Maestra.

Desde la panza me pediste que parara, que conectara con mi esencia.

Para mí, mujer de estos tiempos post modernos, independiente, artista que produce, que crea, que fue y vino por el mundo. Mujer acostumbrada a hacer y deshacer el tiempo a su propio ritmo, con largos períodos de trabajo, entregas, exposiciones, vida pública, becas, viajes, rodajes.

Desde que comenzaste a pulsar en mi interior empecé a vivir nuevas situaciones, a escuchar nuevos lenguajes que hablaban de lo importante que es el vínculo con el bebé desde la panza, de hablarte, ponerte música, tomármelo con calma. Hablaban de la fusión mamá-bebé, de amamantarte dos años, de llevarte contra mi cuerpo, de reconectarme con mi instinto de mujer, con la sabiduría ancestral de lo femenino, de la necesidad de contar con una comunidad de mujeres que me apoyara, como nueva mamá que nace a la vida.

Pero esa no era mi realidad. No tenía amigas embarazadas en esos tiempos, ni con hijos chicos, y mi madre no podía ocupar ese lugar. Todo este nuevo universo se iba mezclando con mi habitual modo de moverme en el mundo como lo hacen el agua y la tinta china. Configurándose nuevas sensaciones en mi interior, sin forma definida, fluidas como manchas, aglomeraciones, esparcimientos.

Desde el cuarto mes, de modo intermitente, cada vez que yo me aceleraba, tu me enviabas señales claras a través de contracciones, y el médico, me mandaba quietud! Me pedías por favor que conectara con el hecho de estar creando una vida en mi interior, pero la verdad, me costaba.

Parar, quedarme quieta, sentía que el mundo se me derrumbaba!

Mirándome hoy, 7 años después, me río de mi misma!

“Con el diario del lunes” lo aprovecharía, me dejaría mimar, leería, y solo me dedicaría a empollar a mi cría.

Pero así sucedió mi embarazo, en una pulseada conmigo misma, entre el disfrute, el deber ser, mis ideales y mi auto exigencia.

En algún lugar de mi inconsciente tenía la imagen de que el modo “correcto” de vivirlo era trabajando hasta el último día, sin disminuir el ritmo!

Sin duda, un imagen ajena, como tantas!

Así llegó el octavo mes de embarazo, acabábamos de mudarnos, hacía una semana exacta.

Era un domingo de mayo en el cual festejábamos el cumpleaños de Fernando, tu papá, y el día de la madre. A las 12 de la noche como ya era rutina cada dos semanas, él viajaba a Paysandú, a trabajar.

Como me daba cosita quedarme sola en una casa que no conocía, le pedí a una gran amiga, Alicia, si se quedaba conmigo.

Alicia vino y luego de charlar abundante, a la 1.30 de la madrugada nos metimos en la cama. Antes de dormirme me dieron ganas de hacer pis, y cuando me levanto…..siento una explosión de agua bajo mis pies!

Llamamos a tu papá pero en la ruta su celular no tenía señal. Le avisamos a tu abuela que en cuanto llegara a Paysandú a las 5 de la madrugada, le avisara que te habías adelantado.

También llamamos a Elena, la partera.

Habíamos decidido que para el parto fuera ella quien nos acompañara.

A mí me hubiera encantado recibirte en nuestra casa, pero siendo sincera conmigo misma, y pese a todos mis discursos naturalistas, no me animaba.

Así acordamos hacer todo el trabajo de parto en casa, y asistir a la institución prontos para tu llegada. Peeeero, como decía mi abuela Sofía: “la mujer propone y dios dispone”

Cuando tu papá llegó a Paysandú y me llamó le dije: “no te preocupes, te vamos a esperar” . Se fue corriendo a sacar pasaje y le dijeron: “no hay asiento” , a lo cual respondió “viajo parado, mi hija está por nacer”.

El guarda se conmovió y le dejó el suyo.

Llegó a casa las 10 de la mañana y yo ni miras de dilatar…

A las 18hs del lunes el diagnóstico fue claro: “ nos vamos para el Casmu, hay que inducir el parto”

Y así fue.

Internación, médico bestia en la guardia, pérdida de identidad: “madre para aquí, madre para allá” manoseo, vulnerabilidad y todas mis resistencias a un trabajo de parto institucionalizado.

Decidimos no incluir a nadie, éramos Elena, papá y yo, y la verdad que formamos un gran equipo!

La noche fue eterna! Tenía el miedo de generaciones de mujeres instalado en el nervio ciático y la resolución de parirte de modo natural en mí corazón.

Fui pasando distintos estados de consciencia…

Cuando ya estaba agotada Elena se jugó la última carta y terminó de abrir mi canal con su mano, cual loba dejé escapar un aullidooooooooooooooooooo.

Funcionó!

Para cuando vino el ginecólogo de la nueva guardia, lo miré y le dije: “soy un animal salvaje” el me hizo ir caminando a la sala de parto.

Resultó amigo de Elena: eureka! La dejó entrar, me puso música Celta y bajó las luces del quirófano. Le pedí por favor me dejara parir en cuatro patas. Me dejó pasmada su respuesta: “no estoy preparado para eso”

Con tu papá apoyándome por la espalda y el resto de mis fuerzas, en tres pujos asomaste tu cabecita a las 7.10 de la mañana del martes, unas 30horas después de romper la bolsa! En el instante que te pusieron sobre mi pecho, sentí tu piel, vi tu carita, tus manitos, y ya nada me importó.

Sin duda fue la vivencia más intensa de toda mi existencia.

A partir de ahí nada volvió a ser lo que era.

Hija: nosotros te deseamos, te invitamos a venir a la vida y tu respondiste rápido y contundente!

Con tu vida me estás enseñando a unir, a integrar, a confiar en mi corazón, a danzar al ritmo de la vida y entregarme a ella!

Gracias pequeña, te amo con todo mi ser!

mamá

* Relato por Ana Lia Duran

Y el milagro estaba echado a mi favor… los ángeles conspiraron para comenzar la transformación,

las hadas se reunieron en evento universal y definieron el día, los duendes se prepararon para transportar la noticia. Todo estaba dado yllegóo a mis manos con un test casero, una sospecha mágica y 2 líneas que transformarían mi cuerpo, mi alma, mi vida…..

Los meses pasaron y con ellos se agigantaba mi ser… tan vulnerable y tan poderosa me sentía que si cerraba mis ojos hasta lograba volar… y conectarme con las flores, el viento, el mar….. con cada estrella y cada fase lunar.

En mi vientre se anidaba el milagro de la vida, la continuidad de una especie, al amor en su máxima expresión… lograba conectarme con mi interior y con mi origen animal.. fui leona,mamá delfín pájaro en reproducción! Fui una especie más .Parte activa del zoológico de la vida Feliz y protectora, vulnerable, cautelosa, explosiva y reflexiva, maravillada y miedosa…. mamá , embarazada y diosa!

* Hisotria de parto por Jimena Gonzalez

Todo comenzó en el mes de febrero de 2012, cuando un haz de luz entró en nuestra casa, convirtiéndola en hogar.

Fue un comienzo de año hermoso, diferente e íntimo de los 3.

Poco a poco la panza empezó a crecer y también las ansiedades.

Los cambios en mi cuerpo eran cada vez más grande, como si me estuviera modelando. Los 3 nos volvimos inseparables, viajes, reuniones, festejos.

Un día dejó de ser la “bebé” y pasamos a ser Jimena, Germán y Julia.

Se acercaba la famosa fecha probable de parto, llegó noviembre y el fin de semana pasamos de fiesta en fiesta , yo estaba por explotar pero me sentía bien, con mucha energía.

Llegamos a casa a la 1 de la mañana el domingo y el papá con algunas cervecitas arriba.

Nos acostamos y a las 2:30 me desperté mojada, había roto la también famosa bolsa.

Me sentí confundida, como no queriendo entender lo que estaba por suceder. Quedé en silencio acariciando la panza, y me mire 1000 veces al espejo.

Me acosté…me levanté muchas veces sin compartirlo con Germán que dormía.

Me bañe ( contrario a todo lo que te dicen), apronte lo que faltaba para la ocasión y recién ahí lo desperté y le dije muy nerviosa: ¡ Me parece que va

ha nacer Julia!

-Ehhh??? Dijo re dormido y pegó un salto.

Nos Abrazamos, lloramos, nos reímos y a todo esto ya eran las 3:30, creo habia hecho tiempo para dejarlo descansar…sabía que lo iba a necesitar.

Nos fuimos sin hablar mucho, apenas unas contracciones.

Cuando llegamos a las 4, silla de rueda, ingreso, camisón, suero…me sentía una enferma, pero no atinaba a decir nada.

De a poco empezaron las contracciones y la Dra. Dijo va ha nacer en el otro turno, pues el mío termina a las 8.

De a ratos venía y la dilatación era buena y a eso de las 7 dijo: creo que quiere nacer conmigo.

Todo se hizo más doloroso, creí que no iba a poder aguantarlas, pero al llegar al límite y ver que no podía más, cedía y pasaba…hasta la siguiente.

Me desconecte de la realidad, apenas percibía y escuchaba voces de esa realidad paralela que estaba fuera de mi, de mi cuerpo.

Yo empujaba como podía, al principio muy teórico, pero después lo hacía con una necesidad y una fuerza que nunca en mi vida había sentido.

Gritaba y me sentía más mujer que nunca, más hembra, más animal.

Ella estaba ahí…todos la veían, pero su manito levantada no la dejaba salir, vamos a necesitar ayudarla dijeron y nos fuimos en busca del forces…ahí sí, con algunos inconvenientes, el 5 de noviembre a las 8:29 nació la pequeña con una ola de calor.

Fue mi experiencia más animal, nunca había imaginado algo tan psíquica y físicamente brutal, algo extremo, lleno de magia y amor.

Ahora estoy a 1 mes de vivir mi 2da. experiencia… tengo las mismas ansiedades, los mismos miedos, pero también tengo la misma confianza en que voy a poder con eso.

Muchas gracias por el espacio, por darnos la oportunidad de escribir eso que llevamos en la memoria y solamente haciendo este ejercicio volvemos a vivirlo.

Jimena mamá de Julia.

* “Nacimiento de Merlin” por Ana Laura Lagorio

31 de mayo de 2014…. A un día de que cumplas un año.

Un día como hoy hace 364 días estabas en mi vientre a punto de comenzar tu viaje por la tierra… Llegaste de forma mágica, por eso tu nombre, y ya desde antes de anidar sentí tu presencia, y en el momento de tu llegada, cuando solamente eras una chispita de luz, lo supe.

La mañana de tu nacimiento también nos rodeó de magia, esa magia que nos rodea cada día, que está en la vida misma, y a veces distraídos no somos capaces de percibirla…, pero ese día mi percepción y mis sentidos estaban a flor de piel como para fundirme en la magia de tu llegada.

Fue una mañana soleada, la primera de junio, no hubo necesidad de encender el fugo al despertar, porque era cálida…, y mientras conversaba con tus dos hermanos todavía en la cama remoloneando, acompañada también por el mate con manzanilla de la mañana, comenzaron las primeras y suaves contracciones; de esas que te hacen temblar de emoción y hacen palpitar el corazón.

Sabía que era el momento, parecía que recién empezaba y que contaba con tiempo para acomodar cada pieza en su lugar, pero tu hermana había nacido muy rápido y no quise ser desprevenida. Llamé a tu papá para que volviera de trabajar, a la partera, a la abuela Cristina que iba a cuidar a Uli , a los padrinos de Cara Sol que iban a quedarse con ella y a Ileana mi doula amiga; les advertí que recién comenzaba pero que fueran viniendo.

La partera se iba a aprontar y dijo que en dos horas salía, estaba lejos pero creí que estaba bien. Muy rápido en aprontes todo se volvió más intenso, cuando ya es difícil seguir con las tareas. Me desentendí del resto, tus hermanos se fueron y llegó la doula.

Volví a llamar a la partera, ya había perdido tapón mucoso, las contracciones eran seguidas, fuertes y de larga duración, sólo había pasado una hora… ella dijo que se tomaba un taxi ya!

En la ducha sentí como tu cabecita bajaba y rompía la bolsa y todo se hacía muy intenso, me sentí bien, podía fluir como el agua que corría por mi espalda, dolía mucho, pero el placer y el éxtasis de tu llegaba superaba el dolor de mi cuerpo que se abría para darte paso.

El agua caliente se terminó y la partera dijo por teléfono que me recostara para no acelerar más tu llegada, papá todavía no llegaba y ella tampoco. En la cama algo me asustó y por un instante hizo perder mi calma… el líquido tenía meconio, sentí miedo, la vida y la muerte se barajaban en mi mente, me resonaba el meconio como algo malo, mi mente por un instante tomó partida y sentí que perdía ese tan preciado equilibrio que me acompañaba hasta ese momento;… hasta que mi cuerpo, mi corazón y mi intuición dijeron basta…

Respiré, confié, pedí, invoqué la protección, la luz, sentí la certeza de que lo que estaba sucediendo estaba bien, todo estaba en orden y seguiría disfrutando de ese maravilloso momento de nuestras vidas. Llegó papá y puso su oreja en mi panza y oyó tu corazón bombeando muy fuerte, sentí alivio de sentir que ahí estabas también trabajando para nacer!

Las contracciones me desbordaban, y mi voz se hizo protagonista con un mantra que se repetía cada vez que ellas llegaban, “ábrete corazón, ábrete sentimiento, ábrete entendimiento y deja a un lado la razón, y deja salir el sol escondido en mi interior..” con el canto podía volar y sentir cada parte de mi abriéndose, podía ser muy consciente de mi cuerpo, de lo que sucedía en él, y a la vez irme en mi voz; y sentir como bajabas por el canal de parto.

Ileana y luego tu papá presionaban mi sacro para aliviarme, yo seguía recostada sobre el costado izquierdo de mi cuerpo, la ventana estaba abierta, el sol se asomaba con fuerza y el rosal de rosas rojas me mostraba su belleza y sensualidad. La velita rosada estaba encendida, como en los nacimientos de tus hermanos, era mi ritual, la presencia del fuego, de la tierra en mi cuerpo, la del aire en mi voz, la del agua que flui dentro de mi…

Llegó la partera, oímos nuevamente tu corazón, el meconio era líquido y no era señal de ningún estrés, me tactó y ya casi tenía dilatación completa. Papá fue a prender el fuego de la estufa, para que el ambiente estuviera cálido para recibirte, igual que en tu nidito. Mientras preparaban todo lo necesario para el expulsivo, yo sentía muchas ganas de pujarte de sacarte afuera, ya era el momento, llamé a gritos a papá, ibas a salir de mi cuerpo, era la hora…. Y así como estaba tumbada de costado levantando una pierna fluiste como el agua, como un pequeño delfín, casi sin que hiciera fuerza, sentí como me acariciabas, resbalabas entre mis piernas y por fin pude abrazarte, olerte, mirarte, besarte, sentir tu calor, tu latir; y sentir un profundo agradecimiento ante la vida, gracias, gracias, gracias resonaba dentro de mí, ahí estabas pequeño Merlin, miramos la hora, eran 12:30, sólo dos horas habían pasado desde la primera contracción, y de repente ya estabas con nosotros… dos horas que parecen no ser nada en el transcurso de un día, ese día fueron dos horas eternas en mi corazón, de eterna magia, de eterna entrega, de eterna intensidad, de eterna calma y confianza, de eterna alegría y a veces dolor, de ETERNO AMOR, por ustedes los hijos, por la vida que nos dá a las mamás este regalo y oportunidad de crecer con ellos, y sentir esta absoluta e inmensa prueba de amor que es el nacimiento y la maternidad.

GRACIAS!

Ana Laura.

* “HISTORIA DE PARTO por Adri” by Adriana Rapstein

El mío fue un embarazo maravilloso. Excepto algún que otro día del primer trimestre, debo admitir que estar embarazada ha sido uno de mis mejores estados. Me sentía linda, radiante, vital y mimada.

Todo venía viento en popa. Ecografía tras ecografía -con esos nervios mediante que te dejan sin aliento- la cosa marchaba bien. Excepto que las semanas pasaban y mi bebé estaba sentadito , tranquilazo él.

Claro que esto no significa ningún tipo de problema desde el punto de vista médico sino que , si la cosa seguía así, inevitablemente iba a cesárea. ¡Y yo soñaba con un parto natural! . Con mi marido habíamos ido a las clases de parto , esas que te incluyen el menú completo de cómo respirar, de cómo pujar, de que masaje acá o allá.

Las últimas semanas de la dulce espera fueron una obsesión para que Manuel se de vuelta. Esto sumado a mi total necesidad por entender el simbolismo de porque Manuel seguía sentadito; que si estaba muy tranquilo en la panza y no quería salir a este mundo, que tenía su personalidad ya bien marcadita, que Laura Gutman dice que nuestros bebés son nuestro espejo entonces que me querrá decir con esto Manuel.

Hice y analice todo. Tal o cual ejercicio en pilates que colabora, tal postura de yoga , visualizaciones de todo tipo, me estudié todos los blogs que hablaban del tema y hasta me metí en un club a nadar porque me habían comentado que si hacia vueltas carnero adentro del agua, el bebé podría darse vuelta.

Todo, absolutamente todo para que Manuel me permitiera tener un parto natural. Y bueno, acá fue una de las primeras grandes lecciones que me vino a dar mi hijo:

Que las cosas son como son. Que no las podemos controlar . Y que por algo son.

Eran las 11 :11 de la noche cuando vi por última vez el reloj antes de acostarme. Tenia un presentimiento. Me dormí recitando un mantra que tenia que ver con soltar.

A la 1 pm me despierto empapada. Había roto bolsa. Debo reconocer que estaba tranquila y mi marido también. Camino al hospital seguía visualizando a Manuel dándose vuelta en la panza. No perdí la esperanza hasta último momento pero Manuel seguía sentadito.

Derecho a cesárea.

A las 2 y 42 pm entre llantos, sonrisas e infinita emoción por fin nos conocemos. Mi vida, mi alma y mi ser cambian para siempre. A partir de ese día descubro una nueva forma de amar.

* Relato por Jessica Aundi

DEl día que Thomas llegó a nuestra vida fue un sábado a la mañana cuando tras varios días de un atraso al que no habíamos querido dar mayor importancia y unos nervios que nos hacían un nudo en la panza decidimos hacer aquel test que son dudas cambio nuestra vida para siempre, creo que nadie puede imaginar nuestra cara cuando vimos aquella trilla que nos marcaba dos líneas de un rojo muy muy intenso como dos luces. Las emociones fueron muchas y todas a la vez.

A los pocos días de la primera noticia y de que aquel torbellino de ideas se calmará, hicimos las primeras rutinas y tras la confirmación de que todo estaba bien comunicamos la noticia a todos. Por aquel entonces todavía me costaba asumir el embarazo y entre aquella marea de felicitaciones y buenos augurios yo todavía intentaba decidir como quería vivir mi primer embarazo, y en ese tiempo hice lo que hasta el momento mejor sabía hacer…

Trabajar! Así que trabaje y con ello los días pasaron y mi cabeza se fue de a poco acomodando.

Casi sin darme cuenta de la cantidad de días que iban pasando fue que llegue a la ecografia de las 13 semanas y sin miedo puedo decir que ese día que vi aquellas manitas tan chiquitas e inquietas fue que mi cabeza se callo y dejo espacio a una voz más fuertemente y clara que me dejó claro que ése era Mi Hijo.

Y después de ese día ya no trabaje tanto y me dediqué a vivir cada momento algunas veces con mucha risa y otras con mucho llanto pero comencé a vivir mi embarazo sin querer perderme

Con el correr de los días y a medida que la panza crecía Thomas ganaba más espacio en mi vida e iba de a poco ocupando de a poco el centro de todas mis ideas, miedos, mis alegrías, de todo y a cambio me regaló unos meses de ensueño, meses donde me sentí radiante, hermosa y por su fuera poco fui centro de todos los.mimis y elogios de la casa, de la familia y los amigos jajaja. Y fue así que después de tanto miedo al embarazo de a poco se instaló en mi el miedo a que el embarazo terminará, y para afrontar ese miedo fue que empezamos a ahondar en las diversas opciones para preparar el parto. Como yo tuve la suerte divina de encontrar un obstetra por demás dedicado que me ayudó y me apoyo en las diferentes etapas del embarazo supe que el parto sería institucionalizado pero con mis preferencias que Cómo Thomas siempre fue grande una de ellas fue que mi obstetra me acompañará en el proceso y que Juan (el padre) y yo pudiéramos vivir el pre parto a nuestro gusto.

Pero cuando llegamos a las 40 semanas sin contracciones y tras varios exámenes el medico me comunico que lo mejor era una cesárea.

Fue así que el 11 de diciembre nos internamos con Juan y todos los abuelos que se internaron con nosotros pero en sala de espera, el día fue largo y parecía que la cesárea no.llegaba más, recién a las 19.00 me ingresaron a Block y todavía cuando miro atrás recuerdo la cara de mujer madre, mis suegros, mi hermana y una amiga cuando iba camino a la cesárea todos dándome la mejor energía, pero sin dudas mi recuerdo más nítido eres la.mano de Juan que me acompañó todo todo el camino.

Para esa hora ya no estaba tan tranquila y todo mi trabajo mental se estaba yendo hasta que entre y las enfermeras y el anestesista hablaron conmigo me explicaron todo y hasta se ofrecieron a sacarme fotos ya que el papa estaba muy nervioso! Jajajaja Y como quien no quiere la cosa lo que para mi fue un ratito fue casi una hora

Hasta que escuchamos aquel llanto que se hizo oír hasta de afuera del Block para que.celebraran todos y entonces finalmente nos vimos por primera vez yo confundida por la anestesia los nervios y demás y el estaba también confundido por todo pero sin lugar a dudas cuando nos miramos los dossupimos que era esa clase de amor que es para siempre, que a partir de ese día siempre íbamos a tener un compañero que camine a nuestro lado sea en.las circunstancias que sea.

* Relato por Jessica Ortega

Enero del 2011, me despierto sobre las 6 de la mañana y al sentir una incomodidad pensé: “Es hoy, 25 de enero”. El papá antes de salir al trabajo me pregunto como me sentía, a lo que respondí: “Cuando sienta dolor de verdad te hago llamar”. Estaba muy relajada y ansiosa. Se fue el papá y quede sola en casa. Quede recostada, y empezaron los dolores, sobre las 9 de la mañana ya muy fuertes, donde en una ida al baño pensé antes de largar una lágrima de emoción y miedo al dolor: “No podes mariconear ahora..”. Y a continuación vi algo de sangre lo cual si me acotó nerviosismo, aun así mantuve la tranquilidad. Cuando llamo a mi madre, me atiende mi hermano, y le pedí que ella cruce a casa, soy una persona que habla demasiado, pero en ese momento las palabras dichas son justas y necesarias, y mi hermano lo presintio antes de yo cortarle la llamada sin decirle nada mas. En menos de un minuto los tenia en casa diciéndome “Nos vamos?”. Asentí, pero primero me bañe, chequie el bolso y decidimos salir. Llamamos un taxi, y el taxista solio ser un vecino..!! Una vez en el hospital y una espera importante en sala de espera me atendieron, y automáticamente me enviaron a pre parto, ya tenia toda la dilatación.. Sentí miedo, de como lo haría, no iba a ser tan fácil supuse mientras me llevaban corriendo en la silla de ruedas. Derrepente ya tenia a la partera pidiendo que puje, 12:30 me rompen bolsa, tranquila por fuera pero explotaba por dentro..una adrenalina que no se puede explicar, ahora si, estaba en la sala de parto: No había vuelta atrás!!! 13:30 hs nació Gaston, hermoso, sin comparación, perfecto de por si… Fue rápido, fue bello, fue en paz.. Que mas puedo pedir? Dar a luz es la experiencia mas maravillosa.

* Relato por Becky Giménez

El 7 de abril nació mi segundo bebé, una historia casi tan increíble como la primera, tampoco lo busqué, sólo quiso venir.

No quería creer que estuviera embarazada otra vez, teniendo un bebé de pocos meses al que no iba a poder consentir como quisiera.

A pesar de la insistencia de mis compañeros de oficina que no sabían como más nombrar a mi panza, no me hice ningún test, sino que esperé pacientemente los resultados de un análisis de sangre. Convencida que no había posibilidad fui a buscar los resultados y en el taxi de vuelta me puse a leerlos para ver si encintraba algún “negativo” que me diera la razón. Pero en lugar de eso encontré entre todos los valores uno que estaba muy -muy- por encima del promedio. El nombre me sonó de algún libro de maternidad, HCG, y enseguida llamé al laboratorio para confirmar que no haya sido algún error…

Mi reacción fue una mezcla de desconcierto y alegría, y a pesar de no saber cómo nos íbamos a arreglar con dos bebés, me sentía feliz.

Aunque empecé 14 semanas tarde, quise vivir mi embarazo a pleno, ya que el anterior había sido un poco caótico los primeros meses. Pero entre el trabajo y la atención que demanda un bebé de 10 meses la panza no fue el centro de atención.

Tuve que hacer un esfuerzo por cuidarme y era difícil encontrar unos minutos diarios para dedicarle a mi pancita. Si bien pude zafar de algunas complicaciones que había tenido antes, los últimos meses me sentía agotada, la panza era muy grande y yo ya había aumentado 14 kilos que se empezaban a sentir. Definitivamente estaba lejos de la imagen de embarazada radiante de las publicidades.

A pesar de ser mi segunda vez tenía miedo de lo que fuera a pasar. Mi parto anterior había sido muy rápido, no me di cuenta hasta que empecé a perder sangre, no tenía contracciones regulares y llegué al hospital -ambulancia mediante- a punto de tenerlo. Esta vez el médico me dijo que iba a ser más rápido por ser el segundo y yo estando a 40km del hospital, no quería que nada saliera mal. Mi peor miedo era no poder reconocer que estaba en trabajo de parto. Y las agujas.

Finalmente llegó el día, una semana antes de lo previsto, y más por intuición que por otra cosa salimos para el hospital a las 6 am bolso en mano. Esta vez llevamos a mi madre y avisamos al resto de la familia. Teníamos un “plan”.

Por el camino la aplicación de mi Smartphone que contaba las contracciones me decía que estaba en la primera fase y que faltaban más de 8 horas…

Mientras esperaba que me atendieran no podía imaginarme todas esas horas de trabajo de parto. Pensaba en todas las mujeres que pasan por eso y los casos que no van de acuerdo al plan. En la señora que estaba de 30 semanas y en la que tuvieron que hacerle cesárea de urgencia. Las contracciones eran dolorosas y no encontraba acomodo en la sala de espera. Cuando finalmente me llevaron a la sala de partos me sentí un poco mejor y pude concentrarme en respirar, me tranquilicé al tener a mi esposo cerca y no estar esperando que llegara corriendo con el bolso como la vez anterior.

No llegué a pedir la anestesia, no porque no haya estado dolorida, sino porque ya tenía una aguja en mi brazo y no quería otra. Preferí aguantarme, me repetía que ya había sobrevivido a un parto sin anestesia y que en todo caso la naturaleza es sabia, fuimos hechos para esto y nunca es más de lo que podamos soportar.

Joaquín nació a las 8:30 am, el trabajo me pareció más largo porque me di cuenta antes y pude llegar a tiempo al hospital y también porque el bebé fue más grande y me costó más de tres pujos.

El momento en que los tuve por primera vez en mi pecho fue mágico. Ese chiquito todo mojado, un pedacito de mí.. es un sentimiento único.

A pesar de las dificultades que pasé en cada embarazo, es una etapa hermosa. A pesar del cansancio, de los pies hinchados, la falta de aire y las noches sin dormir, volvería a pasar por lo mismo porque al final es poco decir que vale la pena. El momento en que ese pedacito de cielo, ese milagrito como lo llamó su padre, te mira a los ojos es inolvidable y no podes contener tu amor. Sabés que sos el mundo para él y él es todo tu mundo. A partir de ahora nunca más vas a estar sola.

Becky.-

* “Baby Joaco,mi príncipe azul” por Cristina

El 17 de Julio y casi enseguida de comenzar a buscarlo, se hizo presente Joaquín, ese día fue el primero en que fui consiente de su existencia ya que fue cuando me hice el test de embarazo. Con una sensación parecida a ninguna, se lo conté a mi marido y casi de forma simultanea, gracias a la tecnología de los celulares, a mis familiares y amigos mas queridos.

Desde ese momento, saber que Joaquín me había elegido a mi como su mamá, cambió mi vida para siempre. Fueron 9 meses por momentos eternos y por otros momentos fugaces. Redescubriendo mi cuerpo, mis pensamientos, y emociones jamas experimentadas. Familiarizándome con nuevos términos médicos como ser: ecografia de translucencia nucal, screening del primer trimestre, etc etc. También descubriendo que mis pies a medida que transcurrían las semanas se podían hinchar mas y mas. Logre comprender que el embarazo ya no lo debía contar en meses y si en semanas, y que por mas que uses la crema mas cara del mundo para prevenir estrías, estas igual te salen!!

Durante el embarazo predominaron, debido a exámenes médicos y otras situaciones; sensaciones de temor. Ecografias con no muy alentadoras imágenes, exámenes con resultados fuera de lo normal y mi cabeza a punto del colapso, hicieron que los primeros meses fueran terriblemente angustiantes. Sensaciones que a pesar de haber pasado por una punción uterina de por medio, me acompaño mucho tiempo, yo diría que hasta que tuve a Joaquín en mis brazos.

Mientras tanto trabajaba, queriendo dejar todo pronto y encaminado para luego tomarme el tiempo que fuera necesario junto a mi bebe; tiempo que luego me di cuenta que nunca es suficiente.

Clases de parto practicas y teóricas, libros escritos por médicos, otros escritos por parteras, otros relatando historias de madres primerizas como yo, internet, videos etc etc etc. Todo para pasar el tiempo, calmar la ansiedad y prepararme de la mejor manera…muy ingenua verdad??’

En cada control y ecografía todo el mundo me decía; “…disfruta Cris, vas a ver a tu bebe…” y yo desde la noche anterior lloraba rezando para que todo estuviera bien y que me dijeran que Joaco era un bebe sano.

Por 41 semana Joaquín fue solo mio, solo yo podía sentirlo, nos comunicábamos solo yo y el, conexión que jamás se perdió y que trabajo todos los días para que jamás se pierda.

El 24 de marzo, y tras romper bolsa y no poder seguir con ninguna de las indicaciones de la Doula, llegue al Hospital. Supe que las contracciones por mas que visualices campos con flores amarillas y respires profundamente, duelen muchísimo…y a las 11:16 am ayudado por el tan temido Forceps y en medio de una cesárea no programada, nació Joaquín, de 4.435kg de puro amor.

Desde que lo vi, y mas aun desde que lo tuve en mis brazos, mi vida entera es para el. Nunca pensé que observar dormir a alguien me provocaría tantas lagrimas de emoción y felicidad, como me provoca ver dormir a mi hijo en mis brazos.

Joaquín & Cristina